¡Delmira Agustini, poetisa sagrada, sacerdotisa del rosario de Eros! ¡Con solo 27 años y ya te fuiste con los astros del abismo! ¿Por qué te casaste con Enrique Job Reyes si no sabía escribir en tu libro blanco ni escuchaba tus cantos de la mañana ni podía llenar tus cálices vacíos? ¿Amabas, tal vez, al argentino Manuel Ugarte, que era poeta, como tú?
A los 53 días de tu boda abandonaste el domicilio conyugal y te volviste a casa de tus padres. Y, sin embargo, mientras tramitabas el divorcio, te seguías viendo a escondidas con tu esposo en una habitación alquilada. Allí, en esos encuentros furtivos de dos horas, ¿qué tratabas de aplacar?, ¿tu ardor?, ¿sus celos?
Aunque allí le entregases tu cuerpo, tu espíritu no estaba al alcance de su mano y él lo supo ver, pero no lo aceptó. En vez de ser comprensivo y magnánimo, tras gozar por última vez de ti y mientras tú te vestías sentada en la cama, agarró la pistola que ya tenía preparada y acercándose por la espalda te descerrajó dos tiros en la cabeza. Y luego se disparó él. Ni quería que vivieras para otros ni quería vivir sin ti.
Solo nos queda el consuelo de leer tu poesía, que va siempre acompañado del lamento por lo que hubieras sido capaz de escribir si los astros del abismo no te hubiesen tan prematuramente acogido en su seno. Hoy, cuando miramos al abismo, sabemos que en él palpita un astro nuevo que se llama Delmira.