Y a lo lejos montañas escarpadas y un sol que solo se deja mirar cuando agoniza.
viernes, 20 de febrero de 2026
MIRADA HACIA EL OCASO (para Ángel a ciegas, poemario en ciernes)
Y a lo lejos montañas escarpadas y un sol que solo se deja mirar cuando agoniza.
jueves, 12 de febrero de 2026
Si yo hubiera sido un poeta profesional
Si yo hubiera sido un poeta profesional, me hubiera concentrado en escribir de una vez por todas un poemario de amor repletito de poemas que sirvieran a la gente común para la vida real. Que le sirvieran al chaval del instituto para declararse a su compañera de aula, que la tiene todos los días en el pupitre de delante y se pasa la mañana atontolinado contemplándola el cabello y hasta ya puede distinguir y aspirar el aroma que desprende su cuerpo por encima del olor general a pies que impregna toda la clase. Que le sirvieran al jubilado viudo para proponer un nuevo comienzo a la más simpática de la residencia y recuperar las ganas de vivir. Que le sirvieran a la divorciada marchosa, que ya se ha repuesto un poco del impacto de su mala experiencia y quiere darle otra oportunidad al amor, para insinuarse al también divorciado guitarrista de rock. Que le sirvieran al soso, al que se queda acogotado y sin palabras ante la presencia de la mujer que le trastorna, para decirla que se muere, que le salve, que sufre, que no es nada, pero con ella y por ella lo sería todo…
En fin, cuando leo los grandes poemas de amor de la literatura española, incluso universal, no encuentro nada de esto. La voz a ti debida, Razón de amor, Los versos del capitán, 20 poemas de amor y una canción desesperada, 100 sonetos de amor, las Rimas de Bécquer, los sonetos de Garcilaso, los Sonetos del amor oscuro de Lorca y otros poemarios bien conocidos de nuestras letras no sirven muy bien para estos propósitos. Podemos encontrar algún poema de Benedetti, de Dulce María Loinaz, de Julia Prilutzky Farny, de Antonio Gala y de muchos otros, pero son poemas sueltos que hay que rebuscar por aquí y por allá y que tal vez nos sirvan o no, según se ajusten a nuestra situación. Pero falta el gran poemario en que a buen seguro encontraremos entre sus muchos poemas, aquel que exprese acertadamente nuestra zozobra, nuestro anhelo, nuestra ilusión, nuestro deslumbramiento… ¡Ay, si yo hubiera sido un poeta profesional, ese poemario ya estaría escrito y habría uno en cada casa y 100 ejemplares en cada biblioteca pública!
Pero yo no soy un poeta profesional. Yo soy un profesor de literatura que escribe poesía porque le gusta y le da la gana, para divertirse y sin compromiso con nada ni con nadie más que con su propia afición. Para lo que yo soy competente es para el análisis sintáctico, que es a lo que me dedico profesionalmente. Sí que es verdad que cuando me enamoré tuve que escribir mis propios poemas de amor. Y también es verdad, y muy verdad, que si no llega a ser por ellos, mi amada de entonces y amante esposa de hoy habría volado como los pajarillos y yo me hubiera quedado en el dique seco, ya tal vez sin más opción que la de meterme fraile. Y no creo que hubiera sido yo mal fraile, fíjate tú, porque me gustaba rezar cuando estaba en el internado, aunque ya no lo haga casi nunca porque ahora soy ateo. Pero mejor estoy casado y con mi mujercita al lado.
Eso sí, mi mujercita es ideal para esposa de poeta
aficionado. Leyó aquellos poemas primeros de su amor, que la convencieron de la
autenticidad y profundidad de mis sentimientos, y ya no ha vuelto a leer ningún
otro. Y si algún sábado por la mañana se siento en mi escritorio a escribir un
poema, al poco me reclama y me pregunta qué estoy haciendo. Y cuando la
contestó déjame, que te estoy escribiendo un poema de amor; ella me replica
déjate de tonterías y ponte a pasar la aspiradora, anda, majo, que yo tengo que hacer
el cocido.
lunes, 9 de febrero de 2026
LO QUE VI
Esto es lo que vi:
un elefante chato,
un payaso vestido de luto,
una hormiga holgazana.
Esto lo vi yo
porque a mí me dio la gana.
Esto es lo que vi:
una jirafa cuellicorta,
un cura en minifalda,
un muerto saliendo del nicho.
Esto lo vi yo
porque tuve ese capricho.
Esto es lo que vi:
un hipopótamo finústico,
un notario sacando patatas,
una Miss Universo fea.
Esto lo vi yo.
¡Cagao pal que no se lo crea!
domingo, 8 de febrero de 2026
Dados
Nos gustaba la misma chica. Nos gustaba con idéntica locura y ninguno de los dos podíamos renunciar a ella así como así. Podríamos habernos partidos los morros por ella. Pero como éramos muy amigos y no queríamos hacernos más daño del que ya nos estaba haciendo el destino con esta jugarreta, nos la jugamos a los dados. Gané yo. Me declaré y fui correspondido. Él aceptó este desenlace, pero en seguida tomó otros derroteros para separarse de nosotros y evitar una proximidad que le iba a hacer sufrir de todas todas.
Al año me casé. Por supuesto, yo le invité a mi boda. Hasta aquel episodio que nos distanció había sido mi mejor amigo; es más, mi alma gemela.
No vino a la boda.
Pero me envió un regalo: un precioso juego de dados de metal en una caja de oro.
De los cinco dados, dos llevaban mi nombre en las seis caras, otros dos el
nombre de Roxana; y en el quinto, de color negro, tres caras llevaban su nombre
y las tres opuestas la calavera de la muerte.
No se me ocurrió jugar con él hasta el día de mi divorcio. Lo que se gana a los dados, se puede perder a los besos.
jueves, 5 de febrero de 2026
ESTA LLUVIA
Esta lluvia no es la mía;
la mía levantaba olor a tierra
y esta viene con cieno de los cielos
y deja sucias las aceras.
Esta lluvia no es la mía,
pero a lo mejor es que este yo
tampoco es mío:
hace años que mis manos
no se manchan con la hierba
y cuando llueve me apresuro
y me guarezco
como si no fuese hijo de un agricultor.
“Esta lluvia no es la mía”, digo yo;
“Este hombre no es el mío”, dirá ella;
así que dejemos los reproches
porque tal vez lleve yo las de perder.
jueves, 29 de enero de 2026
No es por busto
A mí me llaman ladrón porque a
veces cojo y manco lo que no es mimo. Por eso también me llaman, metaafónicamente,
abrigo de lo ajeno. Pero yo no soy un ladrón. Yo, si bobo, no es por busto, es
por necedad. Me han embrujado a ello las circunstancias de la birra, pues he
nacido y me he criado en un barrio margianal, mi casa era un hacha bola. Allí
vivía con mi madre, mi pádel y mis hermanos, que ya no me acuerdo bien si eran catorce
o Quirce.
A mi padre, que era pezón de
albañil, le despidieron del badajo por llevarse de la obra literaria, sin
permiso del caspataz, claro, un saco de cimiento y la carretilla en que lo
trasportaba. Al verse en el parto y no tener subsidio de desempleo, porque
estaba trabajando bajo cuerva, sin contralto ni contratenor, se dio al ave vida
y se convirtió en un bombacho perdido que siempre llegaba a casa dando zumbos y
apestando a orugo del más barato.
Mi madre, como mi pádel no traía
ya dinero a casa, se tuvo que echar a la calle para sacar a sus churumbelenes
adelante, así que se hizo prostiburra y trabajaba a descuajo; eso sí, cuando no
estaba quejada de enfermedades venenereas, que eran muy arbitrales por aquellos
tiempos y en aquellos barros.
Con todo yeso, nunca salimos de
podres y yo de peceño nunca tuve juguetes ni me daban la propina para comprar
chocherías los domingos; y muchos días no tenía casi nata para comer y pasaba
mucha alambre, así que tuve que agudizar los sentidos y buscarme las mañas de
Zaragoza para conseguir reclusos con que prosperar yo y ayunar también a mi
familia, pues no en vano de la puerta era yo el hermano de mayor cerdad. Y así es como
empeciné a cometer pequeños bobos, y luego más glandes, para poder tener algo,
aunque siempre tuve moco y nunca chucho.
Y esa es la explicación
suciológica de que yo me haya convertido en un delicuescente, en una escoria
sucial, Encarna de presidio, siempre con un pie en la cárcel y otro fuera. Pero
yo no soy malo, señor juez. Solo soy una pobre víctima de la fatalidad del
desatino y la injusticia de la suciedad.
martes, 27 de enero de 2026
LA CALLE DE LA IGLESIA
La calle de la Iglesia
es mi calle del pueblo:
de mi casa salgo a ella
y de ella a casa entro.
La calle de la Iglesia,
que sale de la plaza
es la calle más chula
de todo Calabazas.
La calle de la Iglesia
hacia la iglesia marcha,
justo antes de la cuesta
transita por mi casa.
La calle de la Iglesia
sube las escaleras,
pero a misa no entra,
se detiene a las puertas.
Por la calle de la Iglesia
en la fiesta mayor
pasa toda la gente
detrás de la Asunción.
Y el día de San Roque
al son de la dulzaina
la gente baila en ella
la jota segoviana.
Las noches de verano
salimos a la esquina
para tomar el fresco
y matar la calorina;
y hablar con los vecinos
de la vida y la muerte
hasta que nos entra sueño
o nos jode el relente.
La calle de la Iglesia
es donde yo jugaba
de pequeño al balón,
al chito y a la garza.
Y ahora de mayor
me saco allí una silla
y estoy tan agustito
leyendo poesía.
La calle de la Iglesia
es la calle de mi infancia:
donde tengo yo que ir
si quiero encontrarme el alma.