
Si yo hubiera sido un poeta profesional, me hubiera
concentrado en escribir de una vez por todas un poemario de amor repletito de
poemas que sirvieran a la gente común para la vida real. Que le sirvieran al
chaval del instituto para declararse a su compañera de aula, que la tiene todos
los días en el pupitre de delante y se pasa la mañana atontolinado contemplándola
el cabello y hasta ya puede distinguir y aspirar el aroma que desprende su
cuerpo por encima del olor general a pies que impregna toda la clase. Que le
sirvieran al jubilado viudo para proponer un nuevo comienzo a la más simpática
de la residencia y recuperar las ganas de vivir. Que le sirvieran a la
divorciada marchosa, que ya se ha repuesto un poco del impacto de su mala experiencia y
quiere darle otra oportunidad al amor, para insinuarse al también divorciado
guitarrista de rock. Que le sirvieran al soso, al que se queda acogotado y sin
palabras ante la presencia de la mujer que le trastorna, para decirla que se
muere, que le salve, que sufre, que no es nada, pero con ella y por ella lo
sería todo…
En fin, cuando leo los grandes poemas de amor de la
literatura española, incluso universal, no encuentro nada de esto. La voz a ti debida, Razón de amor, Los versos del
capitán, 20 poemas de amor y una
canción desesperada, 100 sonetos de
amor, las Rimas de Bécquer, los
sonetos de Garcilaso, los Sonetos del
amor oscuro de Lorca y otros poemarios bien conocidos de nuestras letras no
sirven muy bien para estos propósitos. Podemos encontrar algún poema de
Benedetti, de Dulce María Loinaz, de Julia Prilutzky Farny, de Antonio Gala y
de muchos otros, pero son poemas sueltos que hay que rebuscar por aquí y por
allá y que tal vez nos sirvan o no, según se ajusten a nuestra situación. Pero
falta el gran poemario en que a buen seguro encontraremos entre sus muchos
poemas, aquel que exprese acertadamente nuestra zozobra, nuestro anhelo,
nuestra ilusión, nuestro deslumbramiento… ¡Ay, si yo hubiera sido un poeta
profesional, ese poemario ya estaría escrito y habría uno en cada casa y 100
ejemplares en cada biblioteca pública!
Pero yo no soy un poeta profesional. Yo soy un profesor de
literatura que escribe poesía porque le gusta y le da la gana, para divertirse
y sin compromiso con nada ni con nadie más que con su propia afición. Para lo
que yo soy competente es para el análisis sintáctico, que es a lo que me dedico
profesionalmente. Sí que es verdad que cuando me enamoré tuve que escribir mis
propios poemas de amor. Y también es verdad, y muy verdad, que si no llega a
ser por ellos, mi amada de entonces y amante esposa de hoy habría volado como
los pajarillos y yo me hubiera quedado en el dique seco, ya tal vez sin más
opción que la de meterme fraile. Y no creo que hubiera sido yo mal fraile,
fíjate tú, porque me gustaba rezar cuando estaba en el internado, aunque ya no
lo haga casi nunca porque ahora soy ateo. Pero mejor estoy casado y con mi
mujercita al lado.
Eso sí, mi mujercita es ideal para esposa de poeta
aficionado. Leyó aquellos poemas primeros de su amor, que la convencieron de la
autenticidad y profundidad de mis sentimientos, y ya no ha vuelto a leer ningún
otro. Y si algún sábado por la mañana se siento en mi escritorio a escribir un
poema, al poco me reclama y me pregunta qué estoy haciendo. Y cuando la
contestó déjame, que te estoy escribiendo un poema de amor; ella me replica
déjate de tonterías y ponte a pasar la aspiradora, anda, majo, que yo tengo que hacer
el cocido.