lunes, 7 de septiembre de 2026

Mi vida

Hoy voy a contaros de cabo a rabo mi vida, que ha sido ciertamente muy interesante y muy azarosa. En primer lugar, os diré que nací en un pequeño pueblecito de la provincia de Segovia.

Y aquí quiero hacer una pequeña digresión para explicaros que Segovia es una ciudad muy bonita, patrimonio de la Humanidad, que cuenta con una imponente catedral gótica, un soberbio alcázar que inspiró a Disney para el de la Reina Malvada en la película Blancanieves y los siete enanitos (1937), y una purrela de monasterios e iglesias románicas entre las que destaca la de la Vera Cruz, con su planta dodecagonal, a imitación de la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. Pero Segovia es famosa sobre todo por su incomparable acueducto romano.

Y esto me lleva a hacer un inciso sobre el acueducto, porque, aunque está científicamente probado que le edificaron los romanos, la leyenda dice que le construyó el diablo en una sola noche por un pacto que hizo con una joven aguadora segoviana que ya estaba harta de ir con el cántaro a la fuente y que le ofreció al demonio su alma.

Y esto me obliga a tener que hacer un excurso sobre la manía popular de explicar mediante leyendas las cosas curiosas, tanto si tienen explicación científica como si no; el caso es que la leyenda sea bonita. Pero lo grave del asunto es que los ignorantes luego se creen la leyenda a pies juntillas y se creen de verdad que la Virgen se apareció en el prado de su pueblo a una pastorcilla de nueve años y la mandó que fuera a decir al obispo que edificasen allí su ermita y para certificar el milagro y creyeran a la pequeñaja hizo que de un peñasco que allí había brotara una fuente.

Pero permitidme que abra aquí un paréntesis para denunciar lo abandonadas que están en estos tiempos modernos las fuentecillas del campo, que nadie las cuida y sales de paseo y no puedes arrimarte a ninguna a beber de morros, como cuando era yo niño, porque están llenas de zarzales y matojos. Así pasa luego, coño, que si hay un incendio en el campo no hay ni de dónde coger agua para apagarlo.

Y este de los incendios es un asunto grave que no puedo dejar pasar por alto y que me obliga a hacer una divagación, pues observo que cada verano son más numerosos y dañinos y cada año supera al anterior en hectáreas quemadas y va a llegar un momento en que si queremos ver árboles vamos a tener que ir al jardín botánico.

Precisamente quiero introducir aquí una disquisición sobre los jardines botánicos y la encomiable tarea educativa que desarrollan en cuanto a la concienciación sobre la importancia de la diversidad biológica, botánica en particular, y su brega constante en pro de un ecologismo activo que tanto implica la conservación de los cada vez más escasos ejemplares de árboles centenarios como la reforestación de las zonas que, de otro modo, amenazan con convertirse en hostiles parameras, cuando no directamente en inhabitables desiertos. Por eso yo recientemente me he suscrito al Club de Amigos del Jardín Botánico de Madrid, que, para quien no lo sepa, está junto a la Cuesta de Moyano.

Y no puedo mencionar la Cuesta de Moyano sin hablar de esta calle, aunque a alguno le parezca una desviación del tema principal de este relato, que es, como señalé al principio y llevo ya desarrollando varios párrafos, mi vida; pero que ya verá que sí que está relacionado porque en esta famosa calle, por la que se sube al Retiro, hay ubicada permanentemente una feria del libro de ocasión y fue allí donde yo me fui un viernes por la tarde recién cobrado mi primer sueldo de pescadero y me compré en una de sus casetas, no me acuerdo ya qué número, mi primer libro de poemas, que no fue otro que El jardinero, de Rabindranath Tagore, por consejo de mi buen amigo Jesús Pinar, al que años después me le mató miserablemente y sin ninguna compasión un carcinoma epidermoide.

Y mencionarlo me obliga a introducir aquí una alusión al maldito cáncer, plaga de nuestro tiempo, que después de este amigo primigenio me ha quitado también a otros que fueron carne de mi carne y alma de mi alma, como Odilo Cid, y también a varios familiares, como mi tía Maruja, la primera de todos, que murió de cáncer de mama y dejó viudo a mi tío José y huérfanos a mis cuatro primos pequeños, por lo que le maldigo, le vitupero, le denigro, le condeno, le execro, le escupo y me pongo de tan mala hostia que ya no me apetece ni seguir escribiendo sobre mi puñetera e insulsa vida, porque además encima no dejo de hacer el mono, coño, que todo el rato me estoy yendo por las ramas.





jueves, 3 de septiembre de 2026

VERSO LIEBRE

                   


                   Cuando escribo un soneto

sumiso me someto

a su métrica tirana,

que no me deja escribir

lo que a mí me da la gana

ni decir lo primero

que se me viene al lapicero.

¡Qué va! ¡De eso nada,

monada!

No es tan sencillo:

aquí no hay estribillo.

¡Jolín!,

hay que estrujarse el majín

hasta rimarlo todo en consonante,

¡qué apasionante!

Mira, chavalín,

no quieras ser poeta

sin dejar la piruleta.

Haz caso

a Garcilaso,

vamos poco a poco,

paso a paso,

estudiando el ritmo y el acento,

¡mira que lo siento!,

pero no hay otra manera

de hacer poesía verdadera;

que si te fías

solo del dictado de la musa

te saldrá una poesía

demasiado obtusa,

que a veces esa muchacha

está medio borracha

y solo te susurra

lo que a ella el vino de garnacha.

 

Por el contrario,

cuando escribo

en verso liebre

olvido el abecedario,

me sube tanto la fiebre

que me pongo en plan divo

y a la prima del conejo

la consiento todo, la dejo

 a sus anchas brincar por el poema,

no sigo ningún patrón,

no sigo ningún esquema,

y ella salta como loca,

salta y salta sin pensar,

tan pronto sube hasta el monte,

como desciende hasta el mar,

trisca y trisca a lo tonto,

no sabe si está en Madrid

o está en Toronto,

pero ella sigue saltando

sin saber bien dónde ir,

sin saber dónde parar

ni saber dónde parir.

Pero siempre al final

¡menos mal!

para

y pare.

 

Y al contemplar la criatura,

sea hermosa o sea fea,

yo me digo: ¡Ea!,

es mío este lebrato,

o este liebreso,

que para eso

                   me ha costado un rato.

miércoles, 12 de agosto de 2026

SONETO DEL REY ABSOLUTISTA

 


El rey absolutista manda mucho:

manda que a su caballo le den leche

y a su perro perdiz en escabeche

y a su gato le den raspas de trucho,

 

que nadie cace nunca en sus terrenos,

que el pueblo se alimente de cebolla

aunque todos sus montes estén llenos

de perdiz y sus mares de centolla.

 

El rey absolutista es un gordito

que cuando mea no se alcanza el pito

de lo gorda que tiene la barriga.

 

Pero eso a él apenas le preocupa:

donde le entran las ganas desocupa

y que Dios su meada la bendiga.

 

Ya viene al punto la criada

con la bayeta, limpia la meada

y aquí no pasa nada.

sábado, 8 de agosto de 2026

Tiempo diferido

Te veo al otro lado de la plaza el día de la Fiesta mientras suena el mismo pasodoble, “España cañí”.

40 años llevaba yo sin venir al pueblo. Tú no te pareces ya en nada a la moza galana que eras. Te he reconocido tan solo por la deslumbrante adolescente que bailotea a tu lado. Es clavadita a ti, a la que tú eras cuando me atravesaste el corazón en el espino.

Llevo toda la vida haciendo en sueños lo que no fui capaz de hacer en la realidad aquella noche de fiesta y amor incipiente y desesperado: atravesar la plaza hacia ti y preguntarte: “¿Bailas?”

Ahora que te he visto creo que ese sueño ha muerto. Puede que en su lugar sufra cada noche una pesadilla en que al ir cruzando la plaza y acercándome a ti para pedirte baile vaya viendo cómo te vas arrugando, cómo se te caen las tetas, como se te hincha la barriga, cómo se te deforman las caderas, cómo se te engrosa la cintura, cómo pierdes la chispa de los ojos y se te avinagra el rictus de la risa mientras el tiempo, ese cabrón, ese sinvergüenza, ese hijo de la grandísima puta, aprovechando que esa noche hay baile de disfraces, se me acerca en forma de garrulo borrachuzo con un cubata de DYC con Coca Cola en la mano y me espeta en toda la jeta: “¡Palurdo, las cosas hay que atreverse a hacerlas la primera vez que te entran ganas!”

EL ENAMORADO

 


                       Si de ti me he enamorado

no es porque seas tan guapa,

que mujeres muy hermosas

hay alguna en cada casa.

 

Lo que no hay en todo el pueblo,

ni siquiera en la comarca,

es mocita más alegre,

con más garbo y con más gracia.

 

Que al pasar tú por las calles

van cantando las calandrias

y se posan los vencejos

en las ramas de la acacia.

viernes, 24 de julio de 2026

El despertar


Abro los ojos al despertar y lo primero que siento es miedo. Miedo de encontrar un hueco, una sima, un precipicio, un agujero negro, una fosa abisal. Miedo, sencillamente, a que no estés en mi cama.

Pero me doy la vuelta y estás, bella durmiente. Bella durmiente que a veces roncas. Bella durmiente que a veces te levantas al baño en mitad de la noche haciendo más ruido que un elefante. Bella durmiente que a veces te desvelas y te revuelves como si hubiese hormigas entre las sábanas.

Verte equilibra el mundo y le compensa hacia el amanecer. Así sí que se puede afrontar la jornada con ganas y con garantías. Ya hay algo bueno en la claridad de la mañana. El azul tiene en quien reflejarse.

Me imagino sin ti y me veo viviendo debajo de un puente, despertando entre trapos viejos y cachivaches recogidos de la basura. Me veo sin agua para lavarme y sin nada que desayunar. Un desastre completo que no sabe organizarse. Pero contigo, en cambio, soy más organizado que tú misma.

Vuelvo a cerrar los ojos para dar la última cabezadita, la que mejor sabe. Dormir un poco más, ya seguro de que duermes a mi lado, ya sin pesadillas, ya beatífico, como duermen los ángeles de la guarda tras recuperar un alma de las zarpas del diablo.

martes, 21 de julio de 2026

ANCESTROS

 

 

Los ancestros de mi hermana

son los mismos que los míos,

pero ella ha salido rana,

yo salí correcaminos.

 

Se ve que salen diversos

los hijos del mismo padre:

puede que el uno maúlle

y por contra el otro ladre.

 

Es mi hermana más pianta

y yo soy más ladrador

porque ella salió a mi madre,

yo al abuelo Nicanor.

 

“¡Si no parecéis hermanos!”,

los que nos tratan comentan,

aunque a los dos nos hicieron

—sobre eso no quepa duda—

con las mismas herramientas.