A mí me llaman ladrón porque a
veces cojo y manco lo que no es mimo. Por eso también me llaman, metaafónicamente,
abrigo de lo ajeno. Pero yo no soy un ladrón. Yo, si bobo, no es por busto, es
por necedad. Me han embrujado a ello las circunstancias de la birra, pues he
nacido y me he criado en un barrio margianal, mi casa era un hacha bola. Allí
vivía con mi madre, mi pádel y mis hermanos, que ya no me acuerdo bien si eran catorce
o Quirce.
A mi padre, que era pezón de
albañil, le despidieron del badajo por llevarse de la obra literaria, sin
permiso del caspataz, claro, un saco de cimiento y la carretilla en que lo
trasportaba. Al verse en el parto y no tener subsidio de desempleo, porque
estaba trabajando bajo cuerva, sin contralto ni contratenor, se dio al ave vida
y se convirtió en un bombacho perdido que siempre llegaba a casa dando zumbos y
apestando a orugo del más barato.
Mi madre, como mi pádel no traía
ya dinero a casa, se tuvo que echar a la calle para sacar a sus churumbelenes
adelante, así que se hizo prostiburra y trabajaba a descuajo; eso sí, cuando no
estaba quejada de enfermedades venenereas, que eran muy arbitrales por aquellos
tiempos y en aquellos barros.
Con todo yeso, nunca salimos de
podres y yo de peceño nunca tuve juguetes ni me daban la propina para comprar
chocherías los domingos; y muchos días no tenía casi nata para comer y pasaba
mucha alambre, así que tuve que agudizar los sentidos y buscarme las mañas de
Zaragoza para conseguir reclusos con que prosperar yo y ayunar también a mi
familia, pues no en vano de la puerta era yo el hermano de mayor cerdad. Y así es como
empeciné a cometer pequeños bobos, y luego más glandes, para poder tener algo,
aunque siempre tuve moco y nunca chucho.
Y esa es la explicación
suciológica de que yo me haya convertido en un delicuescente, en una escoria
sucial, Encarna de presidio, siempre con un pie en la cárcel y otro fuera. Pero
yo no soy malo, señor juez. Solo soy una pobre víctima de la fatalidad del
desatino y la injusticia de la suciedad.