A mi amigo Eduardo
le han puesto otro stent en el corazón
y sigue fumando,
el maricón,
como si morirse
no fuese tan importante.
El día que me falte
este amigo,
como ya me faltan otros,
me llevaré un buen disgusto;
y a la poesía,
que es su fuerte,
la temblarán las piernas
y la darán sudores
y ya no la bajará la regla.
¡Bendito stent
y maldito tabaco!;
compartiendo piso
en el pecho de mi amigo
el ángel de la guarda
y el mismísimo diablo.
Y yo tragando humo
como un condenado,
y leyendo poemarios
que huelen a cigarro;
es el precio que tengo que pagar
para disfrutar de su compañía,
de su charla serena
y de su ginebra Xoriguer de Mahón,
donde nació por azar,
o más bien por destino
(militar)
para luego ser cántabro
o no sé si más bien santanderino
(a ver si esto me lo explica bien un día,
quiero decir una noche, o madrugada,
de café, poesía, charla y ginebrazo),
para luego venir a penar a Carabanchel
(pero fuera de la cárcel)
y acabar en la calle Guabairo,
que parece que estamos en el Caribe, coño,
con dos gatos que no pueden ser más distintos:
el uno se esconde cuando llego
y no dice ni fu
y el otro viene mimosos y se me sube a las piernas
para que le acaricie mientras sorbo mi café
y le intento convencer a Eduardo
de que escriba un soneto
(que no lo ha hecho nunca, el jodío),
pero es imposible
(como lo de dejar de fumar),
tiene su poética ya definida
y cambiarle una coma
o cercenarle una rima
es querer subir al Everest en pelotas
o bajar a la fosa de las Marianas buceando a pulmón.
En fin, que escriba como le dé la gana,
que no soy su corrector;
pero que me siga invitando
a café, poesía y ginebra de Mahón.
Y como tampoco soy su cardiólogo,
que fume lo que quiera.
¡Pero, cojones,
que no se me muera!
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