miércoles, 6 de mayo de 2026

Sor Viandas

Sor Viandas, la despensera, estaba gorda como un trullo. El pecado de la gula no la pillaba nunca porque iba siempre muy por delante de él. Atacaba los embutidos y los quesos de la despensa sin contemplaciones. La madre abadesa lo sabía, pero no la decía nada porque era su prima y porque por su culpa estaba recluida en el convento. Años atrás la había birlado el novio, cuando eran las dos mocitas y su prima estaba ennoviada con el Casimiro, el hijo del molinero, y llegaron las fiestas del pueblo, la Purísima y San Roque, para más señas, y ella se puso a bailar con él un agarrao y le clavó los pezones y él la arrimó la cebolleta y acabaron calientes y se fueron pa los prados a hacer guarrerías.

Aquello trajo cola y hubo líos entre las familias, que hasta ese momento estaban muy bien avenidas y comían todos juntos el día de la fiesta, la Purísima en casa de los unos y San Roque en casa de los otros; además de hacer la matanza a medias y cambiarse las tierras que les lindaban, para mayor rentabilidad.

La cosa se resolvió mandando a las dos al convento y dejando al Casimiro sin ninguna; y así anda, el pobre, más soltero que la una y con cierta propensión al tintorro, que cogió mala fama con el episodio aquel y ya no se le arrimó ninguna.

En el convento, la abadesa llegó a abadesa porque estaba más preparada y era más lista. Y sor Viandas llegó a despensera porque era lo que la gustaba y porque así se lo exigió a su prima cuando llegó a abadesa, bajo amenaza de contarle a las otras monjas por lo bajini sus devaneos de mozuela para socavar su autoridad. La madre abadesa, claro está, prefirió perder tres chorizos y dos quesos a la semana, antes que su piadosa credibilidad para el resto de sus días, y sobre todo ahora que aspiraba al puesto de Superiora General de su congregación.

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