Sor Viandas, la despensera, estaba gorda como un trullo. El pecado de la gula no la pillaba nunca porque iba siempre muy por delante de él. Atacaba los embutidos y los quesos de la despensa sin contemplaciones. La madre abadesa lo sabía, pero no la decía nada porque era su prima y porque por su culpa estaba recluida en el convento. Años atrás la había birlado el novio, cuando eran las dos mocitas y su prima estaba ennoviada con el Casimiro, el hijo del molinero, y llegaron las fiestas del pueblo, la Purísima y San Roque, para más señas, y ella se puso a bailar con él un agarrao y le clavó los pezones y él la arrimó la cebolleta y acabaron calientes y se fueron pa los prados a hacer guarrerías.
Aquello trajo cola y hubo líos entre las familias, que hasta ese momento estaban muy bien avenidas y comían todos juntos el día de la fiesta, la Purísima en casa de los unos y San Roque en casa de los otros; además de hacer la matanza a medias y cambiarse las tierras que les lindaban, para mayor rentabilidad.
La cosa se resolvió mandando a las dos al convento y dejando al Casimiro sin ninguna; y así anda, el pobre, más soltero que la una y con cierta propensión al tintorro, que cogió mala fama con el episodio aquel y ya no se le arrimó ninguna.
En el convento, la abadesa llegó a abadesa porque estaba más preparada y era más lista. Y sor Viandas llegó a despensera porque era lo que la gustaba y porque así se lo exigió a su prima cuando llegó a abadesa, bajo amenaza de contarle a las otras monjas por lo bajini sus devaneos de mozuela para socavar su autoridad. La madre abadesa, claro está, prefirió perder tres chorizos y dos quesos a la semana, antes que su piadosa credibilidad para el resto de sus días, y sobre todo ahora que aspiraba al puesto de Superiora General de su congregación.
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