domingo, 8 de febrero de 2026

Dados

 

Nos gustaba la misma chica. Nos gustaba con idéntica locura y ninguno de los dos podíamos renunciar a ella así como así. Podríamos habernos partidos los morros por ella. Pero como éramos muy amigos y no queríamos hacernos más daño del que ya nos estaba haciendo el destino con esta jugarreta, nos la jugamos a los dados. Gané yo. Me declaré y fui correspondido. Él aceptó este desenlace, pero en seguida tomó otros derroteros para separarse de nosotros y evitar una proximidad que le iba a hacer sufrir de todas todas.

Al año me casé. Por supuesto, yo le invité a mi boda. Hasta aquel episodio que nos distanció había sido mi mejor amigo; es más, mi alma gemela.

No vino a la boda. Pero me envió un regalo: un precioso juego de dados de metal en una caja de oro. De los cinco dados, dos llevaban mi nombre en las seis caras, otros dos el nombre de Roxana; y en el quinto, de color negro, tres caras llevaban su nombre y las tres opuestas la calavera de la muerte.

No se me ocurrió jugar con él hasta el día de mi divorcio. Lo que se gana a los dados, se puede perder a los besos.

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