jueves, 12 de febrero de 2026

Si yo hubiera sido un poeta profesional

Si yo hubiera sido un poeta profesional, me hubiera concentrado en escribir de una vez por todas un poemario de amor repletito de poemas que sirvieran a la gente común para la vida real. Que le sirvieran al chaval del instituto para declararse a su compañera de aula, que la tiene todos los días en el pupitre de delante y se pasa la mañana atontolinado contemplándola el cabello y hasta ya puede distinguir y aspirar el aroma que desprende su cuerpo por encima del olor general a pies que impregna toda la clase. Que le sirvieran al jubilado viudo para proponer un nuevo comienzo a la más simpática de la residencia y recuperar las ganas de vivir. Que le sirvieran a la divorciada marchosa, que ya se ha repuesto un poco del impacto de su mala experiencia y quiere darle otra oportunidad al amor, para insinuarse al también divorciado guitarrista de rock. Que le sirvieran al soso, al que se queda acogotado y sin palabras ante la presencia de la mujer que le trastorna, para decirla que se muere, que le salve, que sufre, que no es nada, pero con ella y por ella lo sería todo…


En fin, cuando leo los grandes poemas de amor de la literatura española, incluso universal, no encuentro nada de esto. La voz a ti debida, Razón de amor, Los versos del capitán, 20 poemas de amor y una canción desesperada, 100 sonetos de amor, las Rimas de Bécquer, los sonetos de Garcilaso, los Sonetos del amor oscuro de Lorca y otros poemarios bien conocidos de nuestras letras no sirven muy bien para estos propósitos. Podemos encontrar algún poema de Benedetti, de Dulce María Loinaz, de Julia Prilutzky Farny, de Antonio Gala y de muchos otros, pero son poemas sueltos que hay que rebuscar por aquí y por allá y que tal vez nos sirvan o no, según se ajusten a nuestra situación. Pero falta el gran poemario en que a buen seguro encontraremos entre sus muchos poemas, aquel que exprese acertadamente nuestra zozobra, nuestro anhelo, nuestra ilusión, nuestro deslumbramiento… ¡Ay, si yo hubiera sido un poeta profesional, ese poemario ya estaría escrito y habría uno en cada casa y 100 ejemplares en cada biblioteca pública!


Pero yo no soy un poeta profesional. Yo soy un profesor de literatura que escribe poesía porque le gusta y le da la gana, para divertirse y sin compromiso con nada ni con nadie más que con su propia afición. Para lo que yo soy competente es para el análisis sintáctico, que es a lo que me dedico profesionalmente. Sí que es verdad que cuando me enamoré tuve que escribir mis propios poemas de amor. Y también es verdad, y muy verdad, que si no llega a ser por ellos, mi amada de entonces y amante esposa de hoy habría volado como los pajarillos y yo me hubiera quedado en el dique seco, ya tal vez sin más opción que la de meterme fraile. Y no creo que hubiera sido yo mal fraile, fíjate tú, porque me gustaba rezar cuando estaba en el internado, aunque ya no lo haga casi nunca porque ahora soy ateo. Pero mejor estoy casado y con mi mujercita al lado.


Eso sí, mi mujercita es ideal para esposa de poeta aficionado. Leyó aquellos poemas primeros de su amor, que la convencieron de la autenticidad y profundidad de mis sentimientos, y ya no ha vuelto a leer ningún otro. Y si algún sábado por la mañana se siento en mi escritorio a escribir un poema, al poco me reclama y me pregunta qué estoy haciendo. Y cuando la contestó déjame, que te estoy escribiendo un poema de amor; ella me replica déjate de tonterías y ponte a pasar la aspiradora, anda, majo, que yo tengo que hacer el cocido.


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