Los murciélagos hambrientos se tragan las miradas furtivas de la calurosa noche, revoloteando sobre la plaza en fiestas.
El adolescente tímido mira bailar a la chica que le gusta y cada vaivén de su cintura le expande la bóveda celeste, pero cada mirada que ella dirige a cualquier otro chico le taladra el pecho con una broca del 17.
El soltero viejo ausculta a la viuda joven pensando si se avendría a un apaño.
El casado mira a la casada con otro que fue novia suya y añora aquellos pechos que eran un poco más pequeños que los de su mujer, pero más turgentes y se han conservado, al parecer, más firmes.
El despechado, que no encuentra quien le baile el agua y baila él solo con el vino, mira mohíno a todos y no sostiene la mirada a nadie.
La guapa hace como que no mira a nadie sabiendo que todos la miran a ella. No es la que mejor baila y aun así es a la que más se disfruta de ver bailar. ¡Qué cosa es la guapura!
Una chavala del pueblo mira a un forastero rubio que se apoya en la farola del centro de la plaza sosteniendo su cerveza y sin atreverse a bailar, no vaya a hacer el ridículo. ¡Un guapo soso es lo que ella necesita!; ella, que no es tan guapa como otras, pero mucho más salada.
El músico de la banda que toca el bajo, cuando levanta la vista de las cuatro cuerdas, mira de reojo hacia la chica que baila sin despegarse del pie del escenario y le busca con su sonrisa.
No faltan, no, en el baile en la plaza las miradas furtivas, por eso proliferan esta noche los murciélagos blepovoros que de ellas se alimentan y que rayando el alba regresan a sus grutas con la panza bien llena.
De las que ellos no han sido capaces de devorar es de las que nace el futuro.