Por la noche, antes de acostarme, había leído el soneto “Amor” de Juana de Ibarbourou y mientras me lavaba los dientes se me había ocurrido a mí el primer cuarteto de otro soneto relacionado con ese mismo tema. Le anoté en el cuaderno que siempre tengo junto al lavabo y me fui a la cama tratando de pergeñar el segundo cuarteto. Algo se me iba ocurriendo, pero me quedé dormido y se acabó.
Lo retomé a la mañana siguiente. Con los motivos entrevistos la noche anterior mientras me quedaba dormido y lo que se me ocurrió bajo la ducha, terminé de vestirme, cogí el cuaderno de lavabo, que bien puedo así llamarle, y añadí el segundo cuarteto, con rimas diferentes al anterior, que me gusta más así y es más fácil.
Abordé la composición del primer terceto ya en el coche, de
camino al dentista. Entre semáforo y rotonda no tardó en venírseme a la mente
la idea que necesitaba y logré ponerla en tres endecasílabos con rima CDE justo
cuando aparcaba.
Ya solo quedaba lo más difícil, el tercero de remate, que es
como una tuerca con arandela y ha de cerrar el soneto a la perfección tanto en
la rima como en la idea. O sea, que hay que dar con la idea de remate y
ajustarla a esa rima CDE configurada en el terceto anterior.
Pues a ello me dispongo ya reclinado en la tumbona de mi
dentista, la doctora Ana. Y pienso Mira tú que bien, que así me distraigo
mientras me hace la endodoncia y sufro menos.
El pinchazo de la anestesia y no puedo pensar en el terceto. El
traqueteo del taladro en la muela 26 y no me concentro en el terceto. Los
urgues y reúrgues en el diente con la lima, el tiranervios y el escariador y cualquiera
piensa en el terceto… Los aparatejos de comprobar que se ha matado el nervio y
el terceto a la porra. Los emplastes del sellado provisional y no hay terceto
que valga.
Cuando me levanto de la tumbona dolorido y con la
recomendación de tomar paracetamol cada 4 horas si hace falta y paso por caja y
pago 220 euros y me marcho para mi casa con cita para la reconstrucción dentro
de 15 días, lo que se me ocurre no es un terceto de amor, sino un terceto
satírico contra los dentistas, que, además, me sale a la primera, como dictado
por una musa desdentada y con halitosis. Así que cuando llego a casa, cojo el
cuaderno de lavabo, añado las dos estrofas ideadas en el coche y las remato con
el terceto odontológico. Conservando las rimas originales y retocando los
versos de amor (algunos casi nada) para reajustarlos al nuevo tema dentrífico,
me ha quedado un soneto-diatriba niquelado. Solo que no os le puedo mostrar
aquí, porque, aunque es poco probable, siempre existe la remota posibilidad de
que pudiera leerle la doctora Ana.
Y todavía tengo pendiente la reconstrucción.
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