Te veo al otro lado de la plaza el día de la Fiesta mientras suena el mismo pasodoble, “España cañí”.
40 años llevaba yo sin venir al pueblo. Tú no te pareces ya en nada a la moza galana que eras. Te he reconocido tan solo por la deslumbrante adolescente que bailotea a tu lado. Es clavadita a ti, a la que tú eras cuando me atravesaste el corazón en el espino.
Llevo toda la vida haciendo en sueños lo que no fui capaz de hacer en la realidad aquella noche de fiesta y amor incipiente y desesperado: atravesar la plaza hacia ti y preguntarte: “¿Bailas?”
Ahora que te he visto creo que ese sueño ha muerto. Puede que en su lugar sufra cada noche una pesadilla en que al ir cruzando la plaza y acercándome a ti para pedirte baile vaya viendo cómo te vas arrugando, cómo se te caen las tetas, como se te hincha la barriga, cómo se te deforman las caderas, cómo se te engrosa la cintura, cómo pierdes la chispa de los ojos y se te avinagra el rictus de la risa mientras el tiempo, ese cabrón, ese sinvergüenza, ese hijo de la grandísima puta, aprovechando que esa noche hay baile de disfraces, se me acerca en forma de garrulo borrachuzo con un cubata de DYC con Coca Cola en la mano y me espeta en toda la jeta: “¡Palurdo, las cosas hay que atreverse a hacerlas la primera vez que te entran ganas!”