El
rey absolutista manda mucho:
manda
que a su caballo le den leche
y
a su perro perdiz en escabeche
y
a su gato le den raspas de trucho,
que
nadie cace nunca en sus terrenos,
que
el pueblo se alimente de cebolla
aunque
todos sus montes estén llenos
de
perdiz y sus mares de centolla.
El
rey absolutista es un gordito
que
cuando mea no se alcanza el pito
de
lo gorda que tiene la barriga.
Pero
eso a él apenas le preocupa:
donde
le entran las ganas desocupa
y
que Dios su meada la bendiga.
Ya
viene al punto la criada
con
la bayeta, limpia la meada
y
aquí no pasa nada.
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