Cuando escribo un soneto
sumiso
me someto
a
su métrica tirana,
que
no me deja escribir
lo
que a mí me da la gana
ni
decir lo primero
que
se me viene al lapicero.
¡Qué
va! ¡De eso nada,
monada!
No
es tan sencillo:
aquí
no hay estribillo.
¡Jolín!,
hay
que estrujarse el majín
hasta rimarlo
todo en consonante,
¡qué
apasionante!
Mira,
chavalín,
no
quieras ser poeta
sin
dejar la piruleta.
Haz
caso
a
Garcilaso,
vamos
poco a poco,
paso
a paso,
estudiando
el ritmo y el acento,
¡mira
que lo siento!,
pero
no hay otra manera
de
hacer poesía verdadera;
que
si te fías
solo
del dictado de la musa
te
saldrá una poesía
demasiado
obtusa,
que
a veces esa muchacha
está
medio borracha
y
solo te susurra
lo
que a ella el vino de garnacha.
Por
el contrario,
cuando
escribo
en
verso liebre
olvido
el abecedario,
me
sube tanto la fiebre
que
me pongo en plan divo
y
a la prima del conejo
la
consiento todo, la dejo
a sus anchas brincar por el poema,
no
sigo ningún patrón,
no
sigo ningún esquema,
y
ella salta como loca,
salta
y salta sin pensar,
tan
pronto sube hasta el monte,
como
desciende hasta el mar,
trisca
y trisca a lo tonto,
no
sabe si está en Madrid
o
está en Toronto,
pero
ella sigue saltando
sin
saber bien dónde ir,
sin
saber dónde parar
ni
saber dónde parir.
Pero
siempre al final
¡menos
mal!
para
y
pare.
Y
al contemplar la criatura,
sea
hermosa o sea fea,
yo me
digo: ¡Ea!,
es
mío este lebrato,
o
este liebreso,
que
para eso
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