jueves, 3 de septiembre de 2026

VERSO LIEBRE

                   


                   Cuando escribo un soneto

sumiso me someto

a su métrica tirana,

que no me deja escribir

lo que a mí me da la gana

ni decir lo primero

que se me viene al lapicero.

¡Qué va! ¡De eso nada,

monada!

No es tan sencillo:

aquí no hay estribillo.

¡Jolín!,

hay que estrujarse el majín

hasta rimarlo todo en consonante,

¡qué apasionante!

Mira, chavalín,

no quieras ser poeta

sin dejar la piruleta.

Haz caso

a Garcilaso,

vamos poco a poco,

paso a paso,

estudiando el ritmo y el acento,

¡mira que lo siento!,

pero no hay otra manera

de hacer poesía verdadera;

que si te fías

solo del dictado de la musa

te saldrá una poesía

demasiado obtusa,

que a veces esa muchacha

está medio borracha

y solo te susurra

lo que a ella el vino de garnacha.

 

Por el contrario,

cuando escribo

en verso liebre

olvido el abecedario,

me sube tanto la fiebre

que me pongo en plan divo

y a la prima del conejo

la consiento todo, la dejo

 a sus anchas brincar por el poema,

no sigo ningún patrón,

no sigo ningún esquema,

y ella salta como loca,

salta y salta sin pensar,

tan pronto sube hasta el monte,

como desciende hasta el mar,

trisca y trisca a lo tonto,

no sabe si está en Madrid

o está en Toronto,

pero ella sigue saltando

sin saber bien dónde ir,

sin saber dónde parar

ni saber dónde parir.

Pero siempre al final

¡menos mal!

para

y pare.

 

Y al contemplar la criatura,

sea hermosa o sea fea,

yo me digo: ¡Ea!,

es mío este lebrato,

o este liebreso,

que para eso

                   me ha costado un rato.

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