Hoy voy a contaros de cabo a rabo mi vida, que ha sido ciertamente muy interesante y muy azarosa. En primer lugar, os diré que nací en un pequeño pueblecito de la provincia de Segovia.
Y aquí quiero hacer una pequeña digresión para explicaros que Segovia es una ciudad muy bonita, patrimonio de la Humanidad, que cuenta con una imponente catedral gótica, un soberbio alcázar que inspiró a Disney para el de la Reina Malvada en la película Blancanieves y los siete enanitos (1937), y una purrela de monasterios e iglesias románicas entre las que destaca la de la Vera Cruz, con su planta dodecagonal, a imitación de la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. Pero Segovia es famosa sobre todo por su incomparable acueducto romano.
Y esto me lleva a hacer un inciso sobre el acueducto, porque, aunque está científicamente probado que le edificaron los romanos, la leyenda dice que le construyó el diablo en una sola noche por un pacto que hizo con una joven aguadora segoviana que ya estaba harta de ir con el cántaro a la fuente y que le ofreció al demonio su alma.
Y esto me obliga a tener que hacer un excurso sobre la manía popular de explicar mediante leyendas las cosas curiosas, tanto si tienen explicación científica como si no; el caso es que la leyenda sea bonita. Pero lo grave del asunto es que los ignorantes luego se creen la leyenda a pies juntillas y se creen de verdad que la Virgen se apareció en el prado de su pueblo a una pastorcilla de nueve años y la mandó que fuera a decir al obispo que edificasen allí su ermita y para certificar el milagro y creyeran a la pequeñaja hizo que de un peñasco que allí había brotara una fuente.
Pero permitidme que abra aquí un paréntesis para denunciar lo abandonadas que están en estos tiempos modernos las fuentecillas del campo, que nadie las cuida y sales de paseo y no puedes arrimarte a ninguna a beber de morros, como cuando era yo niño, porque están llenas de zarzales y matojos. Así pasa luego, coño, que si hay un incendio en el campo no hay ni de dónde coger agua para apagarlo.
Y este de los incendios es un asunto grave que no puedo dejar pasar por alto y que me obliga a hacer una divagación, pues observo que cada verano son más numerosos y dañinos y cada año supera al anterior en hectáreas quemadas y va a llegar un momento en que si queremos ver árboles vamos a tener que ir al jardín botánico.
Precisamente quiero introducir aquí una disquisición sobre los jardines botánicos y la encomiable tarea educativa que desarrollan en cuanto a la concienciación sobre la importancia de la diversidad biológica, botánica en particular, y su brega constante en pro de un ecologismo activo que tanto implica la conservación de los cada vez más escasos ejemplares de árboles centenarios como la reforestación de las zonas que, de otro modo, amenazan con convertirse en hostiles parameras, cuando no directamente en inhabitables desiertos. Por eso yo recientemente me he suscrito al Club de Amigos del Jardín Botánico de Madrid, que, para quien no lo sepa, está junto a la Cuesta de Moyano.
Y no puedo mencionar la Cuesta de Moyano sin hablar de esta calle, aunque a alguno le parezca una desviación del tema principal de este relato, que es, como señalé al principio y llevo ya desarrollando varios párrafos, mi vida; pero que ya verá que sí que está relacionado porque en esta famosa calle, por la que se sube al Retiro, hay ubicada permanentemente una feria del libro de ocasión y fue allí donde yo me fui un viernes por la tarde recién cobrado mi primer sueldo de pescadero y me compré en una de sus casetas, no me acuerdo ya qué número, mi primer libro de poemas, que no fue otro que El jardinero, de Rabindranath Tagore, por consejo de mi buen amigo Jesús Pinar, al que años después me le mató miserablemente y sin ninguna compasión un carcinoma epidermoide.
Y mencionarlo me obliga a introducir aquí una alusión al maldito cáncer, plaga de nuestro tiempo, que después de este amigo primigenio me ha quitado también a otros que fueron carne de mi carne y alma de mi alma, como Odilo Cid, y también a varios familiares, como mi tía Maruja, la primera de todos, que murió de cáncer de mama y dejó viudo a mi tío José y huérfanos a mis cuatro primos pequeños, por lo que le maldigo, le vitupero, le denigro, le condeno, le execro, le escupo y me pongo de tan mala hostia que ya no me apetece ni seguir escribiendo sobre mi puñetera e insulsa vida, porque además encima no dejo de hacer el mono, coño, que todo el rato me estoy yendo por las ramas.
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