—¡Pero,
coño,
señor
Antoño,
¿qué
le ha pasado
que
está usted tan delgado
que
da esgrima verle,
copón?!
—Pues
mira, vecino:
que
fui al otorrino,
así,
de sopetón,
y
menos mal,
porque
en la revisión
vio
el doctor
que
estoy hecho un carcamal.
Y
por lo pronto,
de
un tirón
y
a lo brusco,
me
han quitado
del
riñón
un
pedrusco
y
un pólipo
del
pulmón.
—¡Hostia
puta,
pues
sí que pinta feo!
Y
por lo que veo,
adivino
que
le han dejado sin tocino.
—Así
es, vecino.
Y
lo que más me jode
es
que me han prohibido el vino,
porque
mi médico, que es abstemio,
quiere
hacernos a todos
de
su gremio
y
me dijo con malos modos:
“Usted
escoja:
o
su vida
o
el Rioja.”
Y
yo le repliqué:
“¿Y
también me muero
si
bebo Rueda, Jerez,
Valdepeñas, Penedés
o
Ribera de Duero?”
Y
me contestó muy serio
tras
lanzar un improperio:
“Blanco,
tinto o rosado,
el
mosto fermentado
por
más que lo etiqueten
es
veneno embotellado.”
Así
que tengo en casa diez botellas
que
tendré que tirar a la basura.
—¡No,
por Dios, don Antoño,
no
haga esa locura!
No
las tire, coño,
que
yo voy a por ellas,
que
me hice una análitica
la
semana pasada
y
me salió sangre raquítica,
así
que mi doctor, que es muy distinto,
y
más que por la ciencia
se
guía por el instinto,
para
engordarla me ha recetado
que
coma menos pescado
y
beba más vino tinto.

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