Yo antes me llamaba Juan Ignacio Maldonado y era un crápula. Hacía a todo y me daba igual ocho que ochenta. Mis amigos decían que era bisexual, pero lo que era es bigilipollas, o sea, gilipollas por partida doble.
Hasta que me harté. Entonces decidí cambiar radicalmente de forma de ser y de vivir. Pero, consciente de que eso es muy difícil de lograr si no se cambia también de nombre, eso hice. Lo primero de todo, me cambié de nombre. A partir de ahí, lo demás vino rodado.
Ahora los pocos que me conocen y tienen acceso a mí —porque los muros son muy gruesos, las tapias muy altas y yo apenas salgo de mi celda— me llaman respetuosamente sor Juana Inés del Crucifijo.

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