domingo, 2 de noviembre de 2025

Contrición

Ahora me pesan todos los reproches que te hice, todas las recriminaciones, todas las malas palabras que te dirigí. Ahora me arrepiento, inútilmente ya, de mi mal carácter, de mis gruñidos perpetuos, de mis quejas constantes: que si la comida no está buena, que si la ropa no está planchada, que si la casa no está limpia, que si te estás poniendo gorda, vieja, fea; que si ya no me vales para nada.

¡Qué fácil es cebarse en el otro cuando es sumiso y aguanta y no se rebela y pone la otra mejilla y no devuelve los golpes y no ataca ni de frente ni a traición! ¡Qué cómodo es portarse mal con aquel del que no se espera mal alguno! Así eras tú y así de injusto y de tirano me hice yo con tu amor y tu bondad.

Ahora me duele en el alma y me arrepiento. Ahora que sé lo que cuesta hacerse la comida, lavarse la ropa, limpiar la casa y ser un viejo que no le importa a nadie. Ahora daría lo que fuera por tenerte en casa, llegar, darte un beso, poner la mesa mientras tú ultimas la comida, sentarme y decir, antes siquiera de probarlas: “¡Qué ricas te han salido hoy las lentejas, cariño!”

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