Cuando Dios nos expulsó del Paraíso nos vinimos a este pueblecito de la España profunda. En vez de querer congratularnos con Dios, nos enfadamos con él y nos hicimos ateos recalcitrantes. ¿Para qué queríamos a un Dios Padre que nos castigaba tan cruelmente al primer error que cometíamos?
A veces vienen los Ángeles Exterminadores a amenazarnos, pero los invitamos a almorzar en la bodega, les sacamos choricillo casero de la matanza y el jarro de vino y se van más contentos que unas Pascuas sin haber desenfundado sus terribles espadas de fuego y azufre.
Sabemos que Dios existe. ¡Como para no saberlo! ¡Si fue él quien nos echó del Paraíso sin dejarnos ni rechistar siquiera! Pero nos negamos a reconocerle: ¡que se fastidie el viejo gruñón! Si quiere que le adoremos, que nos permita regresar al Edén. ¡Aunque yo ya no sé si cambio mi pueblo ni por el mismísimo Paraíso!
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