Montaron en Barajas y venían ya discutiendo, pero en el taxi arreció la discusión y él se enfadó tanto que a la altura de Cea Bermúdez me mandó parar y abandonó precipitadamente el vehículo con un rotundo “¡Hasta nunca!”. La mujer se quedó allí pasmada, llorando desesperadamente con la cabeza oculta entre las manos y la espalda doblada hasta las rodillas. Yo continué hasta la dirección que me habían dado al principio, pero al llegar allí ella seguía en el mismo estado y no se movía ni hacía ninguna intención de bajar. Por fin levantó la cabeza y me miró con sus ojos arrasados:
—Esta ya no es mi casa.
Tenía una mirada tan triste que estaba hermosísima. Sentí una punzada enorme de compasión en el pecho:
—Yo vivo solo. Y tengo una habitación libre.
Sonrió levemente. Desde entonces no ha dejado de sonreír.
Con su sonrisa me acuesto y con su sonrisa me levanto.
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