martes, 28 de abril de 2026

Sor Kokotxa

Sor Kokotxa era de Bilbao, pero allí nadie la quería porque un año, durante las fiestas de la ciudad, se meó en la gabarra del Atletic. Por eso la cogieron asco y cuando pasaba por la calle la escupían. No encontró más refugio que meterse monja de clausura, clarisa para más señas, en el monasterio de Santa Clara de Soria.

Allí rezaba en castellano, pero retolicaba en euskera, pues del vasco no sabía más que los cuatro tacos, palabrotas, juramentos y blasfemias que había aprendido de su abuelo, que fue nekazari, labriego, en su pueblo natal, Orduña, hasta que bajó a Bilbao desde la Sierra Salvada para entrar a trabajar, como tantos otros de aquella comarca, en la metalurgia. Por eso cuando la madre superiora la mandaba a recoger puerros a la huerta para hacer la porrusalda de los jueves, ella la respondía lo que su abuelo a su abuela cuando le mandaba algo: “Zure aginduak bete behar dituela, kontuan hartuta zein puta zaren!” (“¡Que te tenga que obedecer yo con lo puta que eres!”). La madre superiora la oía farfullar y, aunque del euskaldún no sabía ni el eskerrikasko, porque no era de Bilbao, sino madrileña de Villalbilla, no la reprendía porque era ya muy vieja y sabía que para una monja joven y sin mucha vocación la clausura no era cosa fácil de sobrellevar.

Sor Kokotxa se salió de monja el año que ganó la liga el Atletic. Volvió a su ciudad, donde ya nadie se acordaba de ella, y vive de su oficio, pastelera, que es lo que aprendió en el convento de Soria. Su pastelería es curiosa porque está decorada con crucifijos y porque es la única de Bilbao en la que se pueden encontrar unas yemas de Santa Clara muy especiales, con un ingrediente secreto, que yo sospecho que es la trufa.

No hay comentarios: