Sor Luminaria de Todos los Ángeles, de seglar Catalina Barreiro Donoso, es la encargada de encender y apagar las luces en las distintas dependencias del convento, así como de cuidar que las imágenes sagradas tengan siempre su velita encendida y nunca se apaguen los cirios del altar mayor de la capilla. La Madre Superiora la ha asignado para esta tarea porque la gusta y porque vale para ella, como para todo.
Sor Luminaria es una lumbrera, solo que los avatares de la vida la habían conducido por la senda del pecado. Cuando ella nació, sus padres, campesinos pobres, iban ya por los 16 hijos, así que a ella se la dieron a un tratante de ganado que pasó y se encaprichó de los ricitos rubios de la nena y se la pidió a los padres prometiendo para la niña una vida de comodidades bajo la tutela de su esposa, a la que la encantaban los niños, pero, por esos azares de la vida, o designios del Señor, que dicen otros, no podía concebirlos.
Todo ello era verdad y gozó la nena de unos años de cariño y vida holgada. Pero tuvo la mala fortuna de que la madre putativa se muriera repentinamente y el esposo entrara en una depresión profunda y no quisiera hacerse cargo de la vida de la niña, ya preadolescente, y ni siquiera de la suya propia, así que se la encomendó a un amigo que resultó ser un sinvergüenza y creyéndola bien colocada, hizo una excursión al monte y se tiró desde un risco.
El sinvengüenza del amigo, que era un putero de tomo y lomo, en vez de ejercer de padre putativo de la chica lo que hizo fue meterla puta; eso sí, después de desvirgarla por la fuerza. Se la ofreció por unas perras y visitas gratis al prostíbulo a la madama del que él frecuentaba más, que era el de doña Quiteria, que era más seca que un sarmiento y más mezquina que un cacillo de ceniza. Allí consumió la pobre muchacha sus mejores años, entre las babas de los más babosos de la localidad. Pero era buena en el oficio, como en todo, y en aquel prostíbulo acaparó para ella sola el apodo de toda la profesión, y allí se la reclamaba como Lina, la Lumi.
Cuando tras muchos años de infecto puterío se la descolgaron las carnes y ya no la reclamaban los clientes, la nueva doña Quiteria, que ahora se llamaba doña Petrola, la puso de patitas en la calle y en la calle tuvo que buscarse la vida, de puta callejera, que es de las peores vidas que puede haber. En la calle se buscó sus mañas y en ella fue sobreviviendo hasta que un día cuatro golfos que venían borrachos la dieron una paliza por pura diversión y acabó en el hospital de beneficiencia.
Menos mal, porque eso fue su salvación. Allí la atendieron las monjitas de la Caridad, y a través de ellas vio la luz y descubrió al Señor y hasta al prójimo, pero no al prójimo como apestoso cliente de burdel, sino como enfermo espiritual necesitado de comprensión y de afecto.
Y así fue como Lina, la Lumi, se convirtió en sor Luminaria de Todos los Ángeles. Podéis daros mil vueltas por el convento. No veréis encendida una luz que tuviese que estar apagada ni veréis apagada una vela que tuviese que estar encendida.
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