jueves, 18 de junio de 2026

EL BACILO DE LA VACILACIÓN


Cuando me infecta el bacilo

de la vacilación,

dudo de todo,

hasta de mi condición

sexual

—que hasta ahora es la normal—

y todo me parece mal

y no sé qué hacer,

si irme a dormir

o desaparecer

en el amanecer;

si ponerme a escribir

o ponerme a leer,

si hacer un sudoku

o una sopa de letras

o si mirar cuatro tetas

en internet;

si recitar a los poetas

de la generación de posguerra

o irme a la sierra

a hacer una ruta.

 

¡Mecagüen la puta!

¡Será posible 

que dude tanto

desde que me levanto

hasta que me acuesto!

¡Dura menos

mi determinación

que el agua en un cesto,

copón!


Y no sé si coger la raqueta

para ir al frontón

o mejor la bicicleta,

aunque tuve un reventón;

si bajar por la escalera

o coger el ascensor,

si comprar en Mercadona

o ir al Carrefour,

si ponerme el polo blanco

o el azul,

si escuchar a Celia Cruz

o a Amancio Prada

cantando a Rosalía.

¡Y en estas vacilaciones

se me va pasando el día

sin atar una escoba

ni dar un palo al agua!

 

¡Esto no es normal,

chaval!

Que dude si escuchar un disco

de jevi metal

o ver la película

de Atracción fatal,

si hacer ejercicio

o entregarme al solitario vicio

de la meditación,

si tomarme un cubata

o un paracetamol,

o las dos cosas;

si catalogar

mi colección de mariposas

mientras me tomo un café

¿o mejor una cerveza?

¡Qué puta cabeza!

 

Mejor me bajo a la piscina

a nadar a crol

—¿o a braza?,

¿o a mariposa?—

y a contemplar a las vecinas

en esas tangas finas

y juzgar la diferencia

entre vejez y adolescencia

por el volumen de la grasa,

y así me distraigo un rato

con este remedio barato

y mientras cavilo

por lo menos no vacilo.

 

¡Es que dudo tanto!

¡Qué espanto!

Tanto y tanto dudo

que mira como sudo.

 

Pero, bueno, ya luego se me pasa

y vuelvo a mi rutina,

que es ir a la cocina,

abrir el frigorífico,

coger una loncha de cecina

o un muslo de pollo en pepitoria

o dos gramos de caviar

o una rodaja de lomo

o un torreznillo de Soria

y ya sin vacilar,

zampármelo con aplomo.

Y se acabó la historia.


Aquí paz

y después gloria.


Pospoema:

(Y tú, lector adusto,

que leíste este poema

con gran susto

y mayor disgusto

y pensando: “¡Vaya mierda!”,

no se te pierda

de vista

que le escribe un gran artista

y no cualquier correveidile,

y que entre vacilación y bacilo,

lo que hay es mucho vacile:

pues la guasa

que el poeta aquí se trae

es porque usa “vacilar”

con la acepción quinta de la RAE.)

 

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