Cuando
me infecta el bacilo
de
la vacilación,
dudo
de todo,
hasta
de mi condición
sexual
—que
hasta ahora es la normal—
y
todo me parece mal
y
no sé qué hacer,
si
irme a dormir
o
desaparecer
en
el amanecer;
si
ponerme a escribir
o
ponerme a leer,
si
hacer un sudoku
o
una sopa de letras
o
si mirar cuatro tetas
en
internet;
si
coger la raqueta
para
ir al frontón
o
mejor la bicicleta,
aunque
tuve un reventón;
si
escuchar un disco
de
jevi metal
o
ver la película
de
Atracción fatal,
si
hacer ejercicio
o
entregarme al solitario vicio
de
la meditación,
si
tomarme un cubata
o
un paracetamol,
o
las dos cosas,
si
catalogar
mi
colección de mariposas
o
bajar a la piscina
a
nadar a crol y a braza
y
a contemplar a las vecinas
en
esas tangas finas
y
juzgar la diferencia
entre
vejez y adolescencia
por
el volumen de la grasa.
Pero,
bueno, ya luego se me pasa
y
vuelvo a mi rutina,
que
es ir a la cocina,
abrir
el frigorífico,
coger
un poco de cecina,
o
un muslo de pollo en pepitoria
y
zampármelo en amor y soledad;
y
aquí paz
y
después gloria.
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