El tío Mostelas era el borrachín del pueblo. En ir a echar un traguillo de vino a la bodega se le pasaban las mañanas y las tardes. Y aun así no lograba apagar esa sed tremenda que le entró cuando se le murió su Marcelina, que era buena y dulce y sonriente y siempre llevaba en el bolsillo del mandil confites para dar a los niños cuando nos mandaba a algún recado.
Sin embargo, el día de la Fiesta Mayor, la Purísima, se le veía a la noche, en la velada en la plaza, totalmente sobrio y bailando con criterio y sin dar un traspiés frente a la orquesta. Como era un borrachín amable, todo el pueblo le quería invitar, pero él rechazaba todas las invitaciones, diciendo:
—No. Hoy no bebo. Hoy es fiesta y hay que celebrarlo.
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