“No merezco escuchar más que boleros”, se dijo; tal era su abatimiento y tan baja se le había quedado la autoestima tras el traspié que había dado con Azucena, pues bailando un agarrado en la verbena se le había escapado la mano al culo mientras la arrimaba la cebolleta; y ella, que todavía no estaba preparada ni psicológica ni eróticamente para recibir caricias a sotavento y presiones pélvicas, le había arreado un sopapo de los de aúpa en mitad de la plaza y le había dejado allí plantado y con cara de pasmo tras llamarle “asqueroso”, no una, sino tres veces, delante de todo el pueblo, que hasta el vocalista de la orquesta se quedó con la boca abierta, pero tan abierta que se le encajó la mandíbula y luego no podía ni cerrarla para seguir cantando y por poco se acaba allí la función.
Mientras escuchaba
de fondo la pachanga de la plaza, puso en su viejo equipo Akai M-640 un CD de
Machín en la opción de reproducción en bucle y se apoltronó en el sillón,
mortificándose horas y horas de remordimiento y compás, pensando en su Azucena, que tal vez se le hubiese deshojado ya para siempre por culpa de su maldito arrebato erótico, y dejando que le
macerase lentamente el alma con el eficaz adobo sentimental de la letra y la música de Toda una vida.
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