Yo de pequeño quería ser misionero y mártir. ¡Qué emocionante me parecía a mí eso de ir a predicar al África Negra y que te acabaran cociendo unos caníbales en una perola gigante, no sé si con patatas o sin patatas!
Hasta que conocí a un caníbal de verdad. Entonces se me quitó la tontería. Fue Apolonio Malparido, que llegó al internado avanzado el primer trimestre, se ve que expulsado de otro colegio por rabioso, y empezó a dar bocados a todo el mundo.
A mí me pilló un día en pantalones cortos a la que íbamos a la clase de gimnasia con don Aniceto y me pegó un mordisco en el muslo que me levantó una buena tajada. Cinco puntos de sutura me tuvieron que dar. ¡Anda que no me han preguntado luego en la piscina y en la playa mil veces que qué perro me mordió en la pantorrilla, tan escandalosa me luce la cicatriz! Quedé tan traumatizado que no solo se me quitó la ilusión de ser mártir, sino que me hice ateo recalcitrante.
Así que aquí me veis ahora, repasando la lectura de los
Hechos de los Apóstoles que me ha pedido el cura de mi pueblo, don Anastasio,
que lea en la misa de hoy; porque Dios no existe, pero la Santa Madre Iglesia
sí, y en este pueblo somos cuatro y tres son viejas. Si no vamos a misa los
ateos, el cura ni se molesta en venir, porque mi pueblo dista 60 Km de la capital
de la provincia y la carretera está sin asfaltar.