domingo, 7 de abril de 2024

ESO ES LO QUE CUENTA

 Al principio él no hablaba. Se sentaba frente a su café, que pedía muy caliente y luego bebía a sorbos pequeños, y se limitaba a escuchar. Con mucha atención, eso sí. Se veía que disfrutaba, que era de esas personas que llaman “escuchatanes”, por oposición a los “charlatanes”, porque verdaderamente no sienten ninguna necesidad de hablar de sí mismos, como si no tuvieran nada que contar, y les interesa cualquier vagatela sobre los demás.

Pero esta actitud a los demás llegó a fastidiarnos. Pensamos que era injusto que nosotros pusiésemos en el asador toda la carne de nuestras intimidades y él fuese tan reservado, así que un día nos compinchamos para forzarle a hablar. Llegado el momento, sentados frente al café en la reunión semanal de los viernes por la tarde, todos nos callamos y alguien le exigió, como quien no quiere la cosa: “Hoy te toca a ti contar algo, macho, que nunca nos cuentas nada.”

¡Y vaya si contó! Contó que era extraterrestre, que venía de otra galaxia, que había vivido en otras dimensiones y que había recalado en la nuestra y en nuestro planeta más por azar que por elección, pero que aquí se había sentido a gusto desde el primer momento, desde la primera era geológica, vaya, y que tanto en la Prehistoria como en todos los periodos de la Historia hasta hoy había encontrado interesante la vida en la Tierra, con más alicientes, de hecho, que en ningún otro lugar del cosmos infinito, y que por eso se había quedado. Por eso y porque estaba entre las prerrogativas de su condición existencial poder elegir, claro.

Contó que a lo largo de sus numerosas vidas en nuestro planeta, que no eran exactamente lo que nosotros llamamos “reencarnaciones”, sino otra cosa más compleja, se había enamorado y convivido, desde su elegida entidad de hombre, con mujeres de todas las razas y condiciones, aunque sin engendrar hijos en ellas, pues eso sí que no estaba a su alcance.

Contó que había desflorado vírgenes en todos los continentes, había participado en cien guerras y revoluciones, se había codeado con mil próceres, una vez hasta fue mártir, otra caníbal y otra capitaneó una hueste bárbara invasora. Contó que había practicado todas las religiones, que había naufragado, ardido en la hoguera, muerto un par de veces, la primera durante la Peste Negra, y resucitado otras tantas. 

Contó que en algunos de esos tránsitos entre la vida y la resurrección prefirió estar algún tiempo en forma de espíritu y también encontró en ello ciertos alicientes, aunque manifestó preferir la existencia corpórea por muchos motivos y no solo por disfrutar de los placeres de la carne, que no son nada desdeñables y no se conocen en otros estados de la energía ni en otras dimensiones de la existencia. 

En fin, contó tantas historias, tan variadas, tan disparatadas que unos le tomaron por un farsante de tomo y lomo, otros por un cachondo, un guasón, y otros directamente por un loco de remate. 

Yo tengo mis dudas. Si es verdad que es un extraterrestre, lo demás es perfectamente creíble y explicable. Pero cómo saberlo. Él no aporta pruebas. En cualquier caso, ahora en la reunión de los viernes nos callamos todos directamente en espera de que hable él, pues sus historias son las más interesantes con mucho, y eso es lo que cuenta.

domingo, 31 de marzo de 2024

Agudas, llanas y esdrújulas

 


Por la disposición del acento las palabras se clasifican en agudas, llanas y esdrújulas.

A mí las que más me gustan son las llanas porque son las de la familia: madre, padre, hermanos, esposa, hijos, abuelos, tíos, primos, suegro, cuñados. Y también son llanas las palabras de todas mis patrias, desde la más pequeña a la más grande: Calabazas, Fuentidueña, Segovia, Castilla, España, Europa, mundo, universo, infinito… Y palabra llana es el nombre más bonito y más dulce de pronunciar que existe en cualquier lengua: Lola.

Pero acaso me gusten más, ¡qué narices!, las palabras agudas, que son las de mi nombre y mi identidad: Adrián San Juan. Y por si eso fuera poco, son las palabras del amor y de la amistad: corazón, pasión, lealtad, fidelidad, ilusión… Y por si eso no fuera suficiente, también son agudos todos los monosílabos, especialmente los que más necesitamos: sol, mar, luz, paz, pan

Pero si lo pienso bien, ¡jolines!, a lo mejor me gustan más todavía las palabras esdrújulas, que son las más líricas, como pájaro, trémulo o álamo; y las más eróticas, como púbico, glúteo y clítoris; y las más místicas y las más mágicas y las más artísticas y las más...

¿Entonces en qué quedamos?

Pues en eso, en que las palabras que más me gustan son todas las palabras, especialmente las esdrújulas, las llanas y las agudas, sin olvidarme de los monosílabos.  


viernes, 22 de marzo de 2024

5 vocales



Cinco vocales: a, e, i, o, u. No hacen falta más.

La a es la que pronuncias cuando te tiras pon un barranco o te desangras por una herida. Es también la vocal del asombro, la que te abre la boca cuando te quedas pasmado al ver pasar un cometa que casi te parte la crisma. Dicen algunos que también es la vocal del estertor de la muerte; pero, afortunadamente, yo no he presenciado la muerte de nadie. El día que yo me muera, si estoy en mi sano juicio y tengo las suficientes fuerzas, procuraré en el último momento exhalar las cinco vocales, como Dios manda, en orden alfabético.

La e es para llamar al que se aleja, al que no te ha visto, al que puede socorrerte o a aquel con quien deseas reencontrarte. Es también la vocal de la extrañeza. La vocal de los despistados y los desatentos, la vocal preferida de los que no se enteran de nada, la vocal fática de la falta de comprensión. Yo es la que más uso cuando me hablan en cualquier otro idioma, pues tengo la graciosa desgracia de ser unilingüe.

La i es para reírse, la o para asombrarse y la u para asustar.

Las palabras con muchas aes suenan imponentes, como tatarabuela, pachamama, mamarracha o marranada, o el pueblo segoviano de Zamarramala, que luego, como pueblo, no es tan imponente, porque no tiene racacielos ni paseo marítimo.

Las palabras con muchas es son campechanas, como requetebién, tentempié, relente o pelele. Aunque algunas suenan muy repelentes, como repelente.

Las palabras con muchas íes son divertidas, como chirimiri o pitiminí. Cuando juego a pronunciar las frases utilizando solo la vocal i, me da la sensación que a cada palabra que pronuncio me vuelvo más chiquirritinín.

Las palaras con muchas oes son muy impactantes, como modorro, morrocotudo o coscorrón. Como la o es tan redondita que parece una rosquilla y te dan ganas de comértela, me parece que hay palabras bien hechas, como bollo y roscón; y no como otras, que no tienen ningún sentido, por ejemplo diptongo, que no es un diptongo, o hiato, que en vez de hiato es diptongo, tócate los pies. Eso por no hablar de todo junto, que se escribe separado, y separado, que se escribe todo junto. ¡Menudo ingeniero el que hizo el español!

Las palabras con muchas úes parecen de cachondeo, como bululú o tururú. La u me gusta mucho muchísimo porque para pronunciarla hay que poner los labios como para dar un beso. Yo, si me dejaran, me comunicaría muchas veces solo a úes y besos.   

Pero las palabras más bonitas y más tiernas son las que tienen las cinco vocales, como riachuelo y abuelito.

Cinco vocales: a, e, i, o, u. No hacen falta más. Como tampoco hacen falta más dedos en una mano. Si asocio las vocales a los dedos de la mano, siempre tengo la misma intuición: que el pulgar es la o y el meñique la i y el corazón la a y el índice la e y el anular la u. ¿Por qué será? ¿Os pasa a vosotros lo mismo?



domingo, 17 de marzo de 2024

Oda al número π

 


Oda a ti,

número π,

el más πzπreto de los números,

el más ππolo, el más reππ,

siempre dándole al πco,

que pareces un pollito,

siempre diciendo πo πo,

que yo no he sío.

 

Eres dulce como una πruleta,

πcante como una guindilla,

sabroso como el πmentón

y jugoso como la ππrrana.

 

Eres el número preferido

de los matemáticos y de los πratas,

de los πcadores y de los πrados,

de los πoneros y de las πtonisas.

 

¡Qué orgullosos están de ti

πtágoras y Brad π!

 

Y yo también,

pero no digo ya más de ti,

admirado número π,

porque me estoy haciendo ππ.

 

 © Adrián San Juan, 14 de marzo de 2024, día de π


sábado, 9 de marzo de 2024

Tres palabras

 


Tres palabras que lo dicen todo para dejar la vida en nada:

        No (carguen)

        te (apunten)

        quiero (¡fuego!)


sábado, 2 de marzo de 2024

Contra la gente que se salta los semáforos

 


Yo estoy contra la gente que se salta los semáforos. Me da igual que sean automovilistas o viandantes, ancianos de boina y cachaba o adolescentes de tontería y griterío, maratonianos entrenando la próxima carrera o tullidos en apuros, repartidores con su furgoneta en horario laboral o chavalejos con su patinete enredando por las calles, señoras apuradas con la bolsa de la compra u ociosos paseadores de perros. 

Estoy contra la gente que se salta los semáforos como si su prisa fuese más importante que la de los demás.

Quien no tiene escrúpulos a la hora de saltarse un semáforo, a lo peor tampoco los tiene a la hora de saltarse un ser humano.

Especialmente estoy contra la gente que se salta los semáforos llevando un niño de la mano, como si eso les cargase de razón.

Tampoco me gustan los que se saltan los semáforos con la excusa de que llueve mucho y se están empapando mientras esperan a que cambie de color.

Y sobre todo estoy contra la gente que se salta los semáforos cuando no van a ninguna parte y nadie, absolutamente nadie, les espera al otro lado.

domingo, 25 de febrero de 2024

Pesadillas

Cuando abro los ojos cada mañana lo primero que siento es alivio. Alivio por librarme de la pesadilla que estaba soñando y de la que todavía me acuerdo. Una pesadilla disparatada, absurda, inconcebible en la vigilia e invivible en la realidad, pero que en el sueño me atormenta con una nitidez espeluznante que me hace sudar y poco falta para que me haga hasta sangrar. A las pesadillas de la vida real, que a veces también son absurdas, por lo menos se las puede acometer con la realidad. Pero en el sueño ¿qué narices puedes hacer?

Por eso despertar es un alivio. Vivir es un alivio. Despierto con alegría y vivo con entusiasmo. Y no me acuesto con miedo. Al acostarme, ya no me acuerdo de la pesadilla matinal. En cuanto abro los ojos, reconozco mi habitación, me hago cargo de mi existencia y pongo un pie descalzo en el suelo frío para ir inmediatamente a mear, me libro de su rebaba. Podría decirse que la pesadilla la orino y a otra cosa mariposa. Se va a los mares del sur, o tal vez al éter, al tirar de la cadena. Tirar de la cadena es tirar de la cadena de la guillotina que la decapita. Ya no me acuerdo más.

Pero ahora me he acordado por casualidad y me preguntó de dónde narices vendrán estas pesadillas, a veces recurrentes, a veces novedosas, que me tiznan la almohada. ¿Vendrán de los recónditos repositorios de la infancia? ¿Las provocarán los sueños no realizados, las frustraciones consolidadas, las zozobras consuetudinarias, los traumas no reconocidos, los deseos insatisfechos, las verduras mal digeridas de la cena?

¿A qué ton, por ejemplo, esa pesadilla recurrente en que trato de llegar a tiempo a una sala que está en un pasillo con el que nunca doy por más que subo y bajo escaleras de una planta a otra y recorro de cabo a rabo todo el edificio?

O esa otra en que al volver a casa me planto al pie del ascensor pero no recuerdo ni en qué planta ni en qué piso vivo o si es que ya me he mudado de domicilio y no me acuerdo.

O aquella en que quiero volver en autobús desde el centro a mi barrio pero dudo qué autobús coger porque no recuerdo bien el número ni las paradas y al final me subo a uno que me lleva por un trayecto que no reconozco y me acaba dejando en un suburbio peligroso a merced de los delincuentes.

O esa en que quiero coger el metro y resulta que estoy en el andén contrario y quiero pasar al otro lado y me extravío en un laberinto de túneles y pasillos que anuncian todas las líneas menos la mía.

O aquella en la que paseo por una calle en la que han puesto una feria del libro antiguo y de ocasión con unas ofertas buenísimas y unos libros apreciadísimos que llevo buscando un montón de tiempo y que me desespero por comprar, pero por más que rebusco no llevo encima un puto euro (y por un euro me daban dos libros). 

O la más real de todas, esa en la que vuelvo con mi familia a mi antiguo piso, el que vendí sin tener que haber vendido, aprovechando que se han ido de fin de semana sus actuales inquilinos, y abro la puerta con la llave que en la realidad no conservo, pero en el sueño sí, y allí que me meto y allí que me paso el fin de semana transido por la zozobra pensando que van a volver inesperadamente en cualquier momento y me van a pillar.

¿Tiene algún sentido que tu propio inconsciente te torture de esta manera? ¿Es de recibo que el domingo, en vez de a las siete y diez, como los días laborables, te quieras levantar a las diez y siete para descansar un poco más y te tengas que levantar a las ocho menos cuarto asqueado de las tonterías que estás soñando y de las que estás teniendo ya conciencia porque en vez de estar sumido en un sueño profundo estás flotando en una apestosa duermevela en la que eres consciente de lo que inconscientemente sueñas.

 ¡No hay derecho, hombre!