Estimado señor Freud:
Habiendo
llegado hasta mí su fama como intérprete de los sueños, me dirijo a usted para
consultarle sobre un sueño recurrente que tengo desde hace meses y que no sé
cómo considerar, por lo que le solicito consulta y, a pesar de la distancia, no
me importaría trasladarme a Viena, si usted lo ve conveniente y hay algún
atisbo de interpretación. Le anticipo el sueño por si quiere ir analizándolo.
Pues
resulta que sueño que salgo de mi casa de Tomelloso y entro furtivamente en el
convento de las Descalzas saltando con portentosa habilidad por encima de las
bardas y me dirijo sigilosamente a la celda de sor Angustias, cuya puerta hallo
entreabierta, pues ya me está allí ella esperando flagelo en mano para, tras
desnudarme desgarrándome como una bruta las vestiduras, someterme a una violentísima
sesión de azotes con la que gozo tanto que alcanzo el paroxismo y me derramo en
cascada levitando a medio metro del suelo. En ese momento cesa de golpe la
tentación, caigo y me doy un buen morrazo contra el suelo de la celda, que en
verdad es el de mi habitación, pues resulta que coincide con que me he caído de
la cama y despierto con el porrazo.
No sé
cómo interpretar este sueño y me preocupa sobremanera, cuanto más por varias
contradicciones que se aprecian en él. Lo primero, que yo no vivo en Tomelloso
ni he estado allí jamás ni sé si tiene convento o no tiene convento ni, si lo
tiene, si es de descalzas o de calzadas, que nada sé yo de monjas ni he estado
nunca en ningún convento ni he tenido trato ninguno con monjas. Tampoco conozco
a ninguna Angustias, ni sor ni sin sor; ni tengo asomo de masoquista, más que
en sueños, por lo que se ve, porque en la vigilia soy tan delicadito que no
dejo a mis amantes ni que me pellizquen el culo. Y por encima de todo, que a mí
no me gustan las monjas, ni las mujeres siquiera, pues soy maricón de
nacimiento, y de los gordos, y lo que me atraen son los hombres hechos y
derechos, preferiblemente tirando a gruesos, con barba y cuanto más velludos y más
brutos, mejor. Salí del armario con 5 años, un día que nos pusimos cuatro
amigos a jugar a los médicos y yo me pedí ser la enfermera.
Es por
todo ello que este sueño me inquieta y desazona en extremo y está abriendo
grietas profundas en mi identidad sexual, social, emocional y psicológica,
llegando últimamente a afectar a mi vida diaria. Ayer, sin ir más lejos, me
crucé por Carabanchel, que es donde vivo, con una pareja de monjas y pareciome
que la de la izquierda me guiñaba un ojo, picaruela. No sé, no sé qué me está
pasando, pero estoy preocupadillo. Ruego a usted, señor Freud, que se ocupe de
mi caso a la mayor brevedad posible, antes de que ocurra algo irreparable.
Agradecido
de antemano,
Honorio Solano Sombría,
anticuario especializado en lámparas y candelabros.