El anciano llega parsimonioso al parque con su bolsa de pan duro. Se sienta en el banco más apartado y desmiga en derredor los chuscos. Empiezan las palomas a acudir. Cuando las aves le rodean por completo esboza una sonrisa de complacencia. Echa mano a la chaqueta y saca su viejo chisquero de un bolsillo y del otro un petardo.
¡Bum! Las palomas levantan el vuelo todas al unísono con un estruendo casi similar al del petardo. El anciano ríe a carcajada limpia enseñando las encías desdentadas.
Es la última
vez que juega a ser niño. Mañana morirá. Agonizará escuchando el aleteo de esas
palomas, que se le llevan, que se le llevan...
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