lunes, 25 de mayo de 2026

Suicidios habituales

Todos los domingos después de misa saco un hueco para acercarme hasta el precipicio de Punta Blanca. Allí me siento sobre la roca viva, al borde, con los pies colgando sobre el abismo. Y en esa postura reflexiono sobre la vida y la muerte. Sobre la vida que me ha tocado morir y sobre la muerte que me ha tocado vivir.

Pienso en Alba, que se fue cuando más la necesitaba, con la excusa de que el pueblo se la quedaba pequeño. Pienso en Julián, mi mejor amigo, mi único amigo durante mucho tiempo, que al cabo me birló mi primera novia y mira que le dije cientos de veces en nuestras confidencias que era el amor de mi vida y ni por esas, o precisamente por eso, el muy cabrón. Pienso en Alfonso, que parecía un estupendo compañero de trabajo, y en realidad lo fue hasta que hubo reformas en la empresa y había que ascender a jefe a uno de nuestra sección y despedir a todos los demás. Se me agolpan en la memoria todos los puñeteros errores que he cometido a lo largo de mi vida y me contemplo solo y fracasado y sin perro que me ladre y sin chica que me bese y sin amigos que me inviten a su barbacoa.

Entonces siento tanto dolor y tanto desprecio por mí mismo que vuelvo los ojos a la espuma acogedora que bulle allá abajo, en el rompiente, y me arrojo al mar harto de todo y de todos.

Me mato, sí. Pero no lo suficiente. El lunes a las 8 en punto vuelvo a estar en mi puesto de trabajo para suicidarme de nuevo desangrándome poco a poco durante 40 horas semanales.

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