Entre tres te mataron, Lee: la infidelidad, el despecho y la nieve. 33 años tenías, la edad de Jesucristo; pero, claro, no tenías su virtud. Él redimía a las adúlteras y a las prostitutas. Tú eras un adúltero y te gustaban las putas. Desangrados moristeis los dos: él en una cruz, tú en un club de jazz. Su muerte dicen que sirvió para algo; para mucho, para redimir al mundo, nada menos. La tuya no valió para nada: otra muerte inútil que dejó llorando a las trompetas huérfanas.
Entre tres te mataron, Lee: la infidelidad, el despecho y la nieve. La infidelidad tú la pusiste, el despecho tu esposa Helen; y la nieve, Nueva York. Helen te recogió de la calle cuando eras una piltrafa y estabas carcomido por la miseria y la heroína. Hasta habías empeñado la trompeta. Te metió en su casa, te metió en su cama, te metió en un centro de desintoxicación y hasta te arregló los dientes para que pudieras embocar bien la trompeta. Y cuando estuviste limpio, cuando volviste a ser un hombre y un músico privilegiado, a tu lado estuvo, vigilante, llevando tu carrera como manager, cuidando que cumplieras tus contratos, que no consumieras drogas y que alcanzases el máximo prestigio como trompetista de jazz. Y así fue, Lee. Con ella llegaste a ser el mejor. Los que querían subir al cielo acudían a escucharte. Y, para escucharte mejor, del cielo bajaban cada noche los 7 arcángeles y se camuflaban entre el público del club de jazz. Aunque se les podía reconocer, porque nunca pedían bourbon.
Eras el mejor trompetista de jazz, pero no eras el mejor marido, Lee. Traicionaste a Helen, que era mucho mayor que tú, que a lo mejor era ya vieja para ti porque te sacaba 13 años. ¿Cuántos años la sacabas tú a Judith Johnson, con la que estabas cuando te disparó Helen en el club Slug’s Saloon del East Village de Nueva York? A lo mejor no te considerabas un adúltero porque no os habíais casado. Pero ella era tu mujer a todos los efectos, eso no lo puedes negar, Lee. Ni tampoco puedes negar que te quería, Lee. Obraste mal, Lee. No quiero decir con esto que merecieras la muerte, Lee; solo que a lo mejor no merecías el amor.
Entre tres te mataron, Lee: la infidelidad, el despecho y la nieve. La infidelidad la pusiste tú. Te la sirvió en bandeja Judith Johnson, que era joven y guapa y alocada y divertida; pero la pusiste tú. El despecho le puso Helen, y bien puesto te le puso, en forma de balazo en el pecho. Y la nieve la puso Nueva York. La nieve que había ido cayendo lentamente y ahora hacía que la ambulancia avanzase por las calles lentamente mientras tú te desangrabas lentamente durante toda una lentísima hora.
Los 7 arcángeles, que habían bajado también esa noche a escucharte al Slug’s Club, te subieron al cielo. El más joven lloraba. Iba tarareando, como si tocase la trompeta, las notas de Melancholee.
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