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viernes, 29 de mayo de 2026

Muerte de Lee Morgan (Trompetista norteamericano de Jazz. Nueva York, 19 febrero 1972)

Entre tres te mataron, Lee: la infidelidad, el despecho y la nieve. 33 años tenías, la edad de Jesucristo; pero, claro, no tenías su virtud. Él redimía a las adúlteras y a las prostitutas. Tú eras un adúltero y te gustaban las putas. Desangrados moristeis los dos: él en una cruz, tú en un club de jazz. Su muerte dicen que sirvió para algo; para mucho, para redimir al mundo, nada menos. La tuya no valió para nada: otra muerte inútil que dejó llorando a las trompetas huérfanas.

Entre tres te mataron, Lee: la infidelidad, el despecho y la nieve. La infidelidad tú la pusiste, el despecho tu esposa Helen; y la nieve, Nueva York. Helen te recogió de la calle cuando eras una piltrafa y estabas carcomido por la miseria y la heroína. Hasta habías empeñado la trompeta. Te metió en su casa, te metió en su cama, te metió en un centro de desintoxicación y hasta te arregló los dientes para que pudieras embocar bien la trompeta. Y cuando estuviste limpio, cuando volviste a ser un hombre y un músico privilegiado, a tu lado estuvo, vigilante, llevando tu carrera como manager, cuidando que cumplieras tus contratos, que no consumieras drogas y que alcanzases el máximo prestigio como trompetista de jazz. Y así fue, Lee. Con ella llegaste a ser el mejor. Los que querían subir al cielo acudían a escucharte. Y, para escucharte mejor, del cielo bajaban cada noche los 7 arcángeles y se camuflaban entre el público del club de jazz. Aunque se les podía reconocer, porque nunca pedían bourbon.

Eras el mejor trompetista de jazz, pero no eras el mejor marido, Lee. Traicionaste a Helen, que era mucho mayor que tú, que a lo mejor era ya vieja para ti porque te sacaba 13 años. ¿Cuántos años la sacabas tú a Judith Johnson, con la que estabas cuando te disparó Helen en el club Slug’s Saloon del East Village de Nueva York? A lo mejor no te considerabas un adúltero porque no os habíais casado. Pero ella era tu mujer a todos los efectos, eso no lo puedes negar, Lee. Ni tampoco puedes negar que te quería, Lee. Obraste mal, Lee. No quiero decir con esto que merecieras la muerte, Lee; solo que a lo mejor no merecías el amor.

Entre tres te mataron, Lee: la infidelidad, el despecho y la nieve. La infidelidad la pusiste tú. Te la sirvió en bandeja Judith Johnson, que era joven y guapa y alocada y divertida; pero la pusiste tú. El despecho le puso Helen, y bien puesto te le puso, en forma de balazo en el pecho. Y la nieve la puso Nueva York. La nieve que había ido cayendo lentamente y ahora hacía que la ambulancia avanzase por las calles lentamente mientras tú te desangrabas lentamente durante toda una lentísima hora.

Los 7 arcángeles, que habían bajado también esa noche a escucharte al Slug’s Club, te subieron al cielo. El más joven lloraba. Iba tarareando, como si tocase la trompeta, las notas de Melancholee.

domingo, 5 de abril de 2026

Muerte de Delmira Agustini (poeta modernista uruguaya; Montevideo, 6 julio 1914)

¡Delmira Agustini, poetisa sagrada, sacerdotisa del rosario de Eros! ¡Con solo 27 años y ya te fuiste con los astros del abismo! ¿Por qué te casaste con Enrique Job Reyes si no sabía escribir en tu libro blanco ni escuchaba tus cantos de la mañana ni podía llenar tus cálices vacíos? ¿Amabas, tal vez, al argentino Manuel Ugarte, que era poeta, como tú?

A los 53 días de tu boda abandonaste el domicilio conyugal y te volviste a casa de tus padres. Y, sin embargo, mientras tramitabas el divorcio, te seguías viendo a escondidas con tu esposo en una habitación alquilada. Allí, en esos encuentros furtivos de dos horas, ¿qué tratabas de aplacar?, ¿tu ardor?, ¿sus celos?

Aunque allí le entregases tu cuerpo, tu espíritu no estaba al alcance de su mano y él lo supo ver, pero no lo aceptó. En vez de ser comprensivo y magnánimo, tras gozar por última vez de ti y mientras tú te vestías sentada en la cama, agarró la pistola que ya tenía preparada y acercándose por la espalda te descerrajó dos tiros en la cabeza. Y luego se disparó él. Ni quería que vivieras para otros ni quería vivir sin ti.

Solo nos queda el consuelo de leer tu poesía, que va siempre acompañado del lamento por lo que hubieras sido capaz de escribir si los astros del abismo no te hubiesen tan prematuramente acogido en su seno. Hoy, cuando miramos al abismo, sabemos que en él palpita un astro nuevo que se llama Delmira.

viernes, 26 de septiembre de 2025

Muerte de José Antonio (20 de noviembre de 1936)

José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, Marqués de Estella, Grande de España, primogénito del primer dictador de España, fundador de la Falange Española y primer fascista de España, es condenado en Madrid a cinco años de prisión por desacato y atentado a la autoridad, tras haber insultado y amenazado a los jueces que lo habían condenado a cinco meses de prisión por tenencia ilícita de armas. 

En la noche del 5 al 6 de junio de 1936 se le traslada a la cárcel provincial de Alicante. Estando allí preso el 18 de julio, fecha del Alzamiento para unos y del golpe de Estado para otros, es juzgado por los delitos de conspiración y rebelión militar contra el Gobierno de la Segunda República. El jurado, integrado por 14 miembros, tras 4 horas de deliberación, pronuncia veredicto de culpabilidad. José Antonio es condenado a muerte.

En la Madrugada del 20 de noviembre, sacan al patio nº 5 a José Antonio y a los “cuatro mártires de Novelda”, dos falangistas y dos carlistas locales que van a ser fusilados junto a él. José Antonio se acerca a los soldados que van a fusilarle. Quiere convencerlos de que no lo hagan, les dice que no es su enemigo, aunque la guerra ya ha estallado y él es rebelde y ellos republicanos. Un soldado le replica: “¡Déjanos en paz! Necesitamos cumplir lo que nos está ordenado. No sabemos si eres bueno o eres malo. Solo sabemos que tenemos que obedecer”. 

José Antonio cae abatido por las balas refrendando su credo político con los gritos de “¡Viva España!” y “¡Arriba España!”. El miliciano Guillermo Toscano, que lleva pistola, es el encargado de darle el tiro de gracia, con la consiguiente algaraza de los allí presentes, unas 40 personas entre pelotón de ejecución y espectadores.

El piquete de fusilamiento, al mando del sargento Juan José González Vázquez, lo componían 14 personas, entre milicianos anarquistas y comunistas, soldados y policías. 14 fusileros que ejecutaron cada uno hasta 6 descargas a 3 metros de distancia, es decir, a bocajarro, con su Mauser modelo Oviedo 1916, cuyo alcance eficaz era de 2.000 metros, nada menos. Las cinco víctimas fueron acribilladas con más de ochenta disparos, recibiendo cada una alrededor de dieciséis impactos. José Antonio algunos más. Él se lleva la palma.  Su cadáver, sin certificado de defunción, es depositado en un nicho del cementerio de Alicante.

El gobierno de la República da noticia de su muerte, pero en el bando rebelde Franco la oculta para usarla a su conveniencia y no se la revela ni a la doliente María Santos Kant, que le escribe una dolorosa misiva pidiéndole información sobre el paradero de su novio. "El general no sabe nada directamente relativo a la suerte de dicho señor", es la respuesta mentirosa.

El astuto y malicioso general no difunde la noticia de la muerte de José Antonio hasta dos años más tarde, el 18 de julio de 1938, coincidiendo con el doble aniversario del Alzamiento. Entonces le proclama “Mártir Glorioso de la Cruzada” y basta con su solo nombre, sin apellidos, para identificarle. Solo hay un José Antonio. Luego, cuando Franco gana la guerra, habrá muchos. Hay que poner a los recién nacidos nombres patrióticos, aunque solo sea para evitar problemas con el Régimen. ¿Quién no tiene en la familia un José Antonio?

En 1939, con la Guerra ya ganada, Franco ordena el traslado del cuerpo desde el nicho del cementerio de Alicante hasta el cementerio de El Escorial y hace coincidir su comienzo con el 20 de noviembre, tercer aniversario de la ejecución. El traslado se hace a pie, con el féretro a hombros de comitivas de falangistas que se turnan día y noche a lo largo de los 500 kilómetros del recorrido. Tras 10 días de viaje, el general Franco recibe el cuerpo de José Antonio y coloca junto a él las flores que le envían Adolf Hitler y Benito Mussolini, como corresponde al mayor mártir del fascismo.

En mi niñez el nombre de José Antonio figuraba el primero y el más grande en la lápida de “Caídos por Dios y por la Patria” colocada por el Régimen en la pared de todas las iglesias. Su nombre encabezaba la lista de los muertos de cada pueblo caídos durante la Guerra Civil, y pertenecientes al bando nacional, claro. Los otros ya tenían sus fosas comunes y sus cunetas.

Por lo visto, José Antonio había nacido en todos los pueblos de España y estaba enterrado en todos sus cementerios. Artimañas del adoctrinamiento. Por él se rezaba en todas las iglesias. José Antonio era España. Mártir nº 1 de España y modelo e inspiración para todos los patriotas españoles.

Pero José Antonio ya no está enterrado en todas las iglesias. Estuvo enterrado durante 64 años en un lugar preeminente dentro de la Basílica del que unos llaman Valle de los Caídos y otros Valle de Cuelgamuros, bajo la Gran Cruz. 64 años nada menos, desde 1959 en que se le trasladó allí desde el cementerio de El Escorial, hasta 2023, en que, aunque muerto, tuvo que cumplir a la fuerza la ley, que tanto se le resistió en vida; en este caso la Ley de Memoria Histórica. Hoy sus restos reposan mucho más tranquilos y discretos en la tumba familiar del cementerio de San Isidro, en Madrid.

Sigue habiendo españoles, no sé si sigue habiendo patriotas. Sé que hoy en día muchos españoles no saben ni quién fue José Antonio. Y sé que en la actualidad entre los españoles hay bastantes más Antoniosjosés que Joseantonios.

A mí, que no escurro el bulto, como español y a lo mejor como patriota, me avergüenzan tanto la vida como la muerte de José Antonio. La vida, porque fue la de un conspirador y un golpista, la de un señorito que aspiraba al poder sin reparar en métodos. Y la muerte, porque lo fusilaron de mala manera otros que podían haber sido mejores que él y no lo fueron.

Y en ello se resume nuestra asquerosa guerra civil. Y en su vida y en su muerte quedan retratados ambos bandos.  

 

lunes, 25 de agosto de 2025

Muerte de Hitler

El caudillo redentorista que arengaba a las masas encumbrado en un pedestal de delirios esconde ahora la cabeza en las profundidades de un búnker hecho a la medida de su ignominia. En él debe sentirse como en el paraíso, pues allí no hay judíos ni gitanos ni homosexuales ni discapacitados ni comunistas ni disidentes. Allí le rodean sus sirvientes, sus asistentes y sus correligionarios nazis más leales.

Quería mandar en el mundo y ya solo manda en el führerbunker. Ya sabe que ha perdido la guerra. Ya sabe que Himmler ha ofrecido a los Aliados la rendición y se siente traicionado. Ya sabe que Berlín ha sido ocupada y que el Ejército Rojo prepara el asalto a la Cancillería del Reich. Ya sabe que a Mussolini le han colgado por las patas los partisanos comunistas y han hecho escarnio con su cadáver, descuartizándolo y arrojándolo entre burlas a una alcantarilla. No quiere correr la misma suerte. Ya sabe que tiene que morir o afrontar las mayores indignidades de aquellos a los que odia y desprecia.

Decide morir, pero duda de las cápsulas de cianuro que le proporciona el médico de las SS y le da una a su perra Blondi, que muere al poco tiempo. Entonces prepara ya su final. Esa misma noche del 29 de abril de 1945 se casa con su amante Eva Braun —¿para qué? ¿para obligarla a suicidarse con él?—. Luego dicta a su secretaria su última voluntad y su testamento y hacia las 4 de la madrugada se retira a dormir. Al día siguiente, 30 de abril, tras el almuerzo, se despide del personal y ocupantes del führerbunker y entra con su reciente esposa en su estudio personal. Se oye un disparo. El ayudante personal de Hitler, Otto Günsche, entra al estudio y encuentra los dos cuerpos sin vida en el sofá. Eva yace con la mueca del cianuro en el rostro. Hitler se ha disparado en la sien derecha con su pistola PPK 7.65, que se encuentra a sus pies. Siguiendo las instrucciones escritas y verbales que el propio Hitler le ha dado, Otto se encarga de que los dos cuerpos sean llevados escaleras arriba y sacados por la salida de emergencia del búnker al jardín de la Cancillería del Reich, donde son quemados con gasolina y finalmente enterrados en el cráter de una bomba rusa que allí había caído recientemente.

Así acaban los delirios de grandeza de los psicópatas. Así concluyen los despropósitos de los dementes. El asesino se suicida. Pero ha causado la muerte de 17 millones de personas y no puede redimirlas con su sola muerte. No puede. No podría aunque resucitara y se volviera a suicidar 17 millones de veces seguidas.

jueves, 21 de agosto de 2025

Muerte de Gengis Kan

Bendito año de 1227. Por fin la Parca se lleva a sus reinos a Temuyín, su ejecutor más eficiente, causante de la muerte de 40 millones de seres humanos, de los que nos descartó ni a ancianos ni a mujeres ni a niños.

El autoproclamado Gengis Kan, Rey del Orbe, pretendió unificar toda la tierra bajo su mandato y en ese empeño megalómano fue arrasando campos y asaltando ciudades campaña militar tras campaña militar hasta adueñarse de un inmenso imperio, el más extenso que la historia ha conocido; un imperio, eso sí, conquistado sin piedad a fuego y sangre, construido mediante la destrucción, fundamentado en la masacre. Para segar la vida de 40 millones de personas nada como la guerra.

Ahora el guerrero descansa en paz. O eso pretende. Para que nadie turbe su reposo, para que nadie profane su tumba, dejó decretado que el lugar de su enterramiento fuera secreto y dictó órdenes precisas para ello. Una comitiva funeraria de dos mil esclavos, escoltada por mil aguerridos jinetes, traslada el cuerpo desde Xia Occidental, donde Gengis Kan ha muerto de peste bubónica, hasta Mongolia, su patria. Para que no quede vestigio de su paso, los mil despiadados guerreros van aniquilando a todo aquel que tiene la desgracia de cruzarse en su camino, ya sea hombre o mujer, niño o anciano.

Llegados al destino, se inicia la ceremonia fúnebre. 40 caballos y 40 doncellas son sacrificadas para honrar al difunto y enterradas junto a su cadáver. Una vez sellado el sepulcro y celebradas las honras fúnebres, la escolta de mil guerreros cumple su cometido, que es aniquilar a todos los asistentes a la ceremonia, desde los constructores de la necrópolis hasta los enterradores, sacerdotes y dignatarios asistentes, junto a los dos mil esclavos de la comitiva. Así nadie podrá desvelar el emplazamiento de la tumba. Solo ellos. 

Pero ellos tienen órdenes muy precisas y han sido escogidos por su lealtad inquebrantable. Galopan con sus mil caballos por toda el área durante lo que queda del día y toda la noche hasta el amanecer para apelmazar la tierra y que no quede ni el más mínimo vestigio de la tumba. Luego se alejan cabalgando durante otro día entero hasta hallar un bosquecillo que parece un oasis en medio de la estepa y al anochecer se internan en él y se inmolan en grupo, llevándose con ellos el secreto del enterramiento.

Hicieron bien su trabajo. Ni los profanadores de tumbas que anhelan los tesoros del ajuar funerario ni los historiadores y arqueólogos que buscan la fama científica han logrado dar con el cadáver del más cruel y mayor proveedor de cadáveres de toda la historia de la Humanidad. O Inhumanidad.

sábado, 16 de noviembre de 2024

Muerte de Félix Rodríguez de la Fuente

Podría haber muerto de una picadura de víbora en su pueblo de Burgos. Podría haber muerto de la dentellada de un lobo sobre la yugular en la Sierra de la Culebra. Podría haber muerto despedazado entre las garras de un oso pardo en los Picos de Europa. Podría haber muerto despeñado siguiendo a la cabra hispánica por la Sierra de Gredos. Podría haber muerto entre las mandíbulas de una anaconda o un caimán en la tórrida llanura venezolana.

Y se fue a morir en Shaktoolik, en la fría y blanca Alaska —¡qué lugar más hermoso para morir!—, dentro del vientre de un halcón peregrino metálico que se precipitó sobre la dura tierra helada del Círculo Polar Ártico.

Iba a filmar la más famosa carrera de trineos arrastrados por perros y la perra y rastrera muerte lo arrastró en su trineo justo el día en que cumplía 52 años.

Rompió a llorar el fantasma de Jack London, que vagaba por la nieve. Lloraron los inuits de Shaktoolik. Lloraron los burgaleses de Poza de la Sal. Lloramos todos los españoles que aprendimos a amar la naturaleza viendo en la tele El hombre y la tierra. Lloraron en el cielo las aves y en la tierra los mamíferos y los reptiles. Lloraron los anfibios en sus charcas y sus ríos. Lloraron hasta los peces de las fosas abisales. Lloraron sin consuelo posible absolutamente todas las criaturas del universo.

Y el que más lloró, sin duda, fue el lirón careto, pobrecillo, que despertó sobresaltado de su letargo en el hueco de un roble, estremecido por el aullido desconsolado y lúgubre de los lobos.

sábado, 9 de noviembre de 2024

Muerte de Espartero

“Más cornás da el hambre”, replicaba el torero sevillano Manuel García Cuesta, más conocido como Espartero, a cuantos le advertían sobre los riesgos de su profesión.

Yo no sé cuántas cornadas le habría dado el hambre, pero los toros le habían dado ya unas cuantas, tal era su arrojo, antes de que el miura Perdigón le propinase la última y definitiva en la plaza de Madrid el 27 de mayo de 1894. Perdigón, colorado, ojo de perdiz, listón, delantero de pitones y astifino, que había desventrado ya cuatro caballos de picadores en la suerte de varas, desventró también al torero de 29 años.

Al entrar a matar por primera vez, Espartero falló con el estoque. El toro también falló, con los pitones. Aunque ya avisó al diestro dándole un revolcón. Al entrar a matar por segunda vez, Espartero volvió a fallar. Pero esta vez el toro ya no, y enganchó al torero por el vientre. El matador salió despedido, se contrajo sobre sus tripas y ya no pudo levantarse. Su cuadrilla le llevó en volandas a toda prisa a la enfermería, donde el doctor Marcelino Fuertes poco pudo hacer y certificó su muerte a las cinco y cinco de la tarde.

Algunos dicen que no salía a torear, porque no sabía, sino a jugarse la vida, y así lo compensaba.

Las reses que pastan en la finca Zahariche de Lora del Río levantan las astas orgullosas cuando escuchan la copla:

“Los toritos de Miura
ya no tienen miedo a nada,
que se ha muerto el Espartero,
el que mejor los mataba.”

domingo, 3 de noviembre de 2024

Muerte de Chopin

Chopin lleva a Polonia en el corazón. Por eso cuando se siente morir en París a sus 39 años, enfermo de tuberculosis, le pide a su hermana Ludwika que su corazón sea enterrado en Polonia. Pero Polonia no existe. Se la han repartido sus ávidos vecinos: Austria, Prusia y Rusia.

A su muerte, el doctor Jean Cruveilhier extrae el corazón al cadáver y, para conservarle, le mete en un frasco lleno de coñac. Ludwika es la encargada de llevarle clandestinamente a Varsovia, en poder de los rusos, y depositarle en la iglesia de la Santa Cruz.

Allí permanece como una reliquia hasta el Levantamiento de Varsovia contra los nazis en 1944. Es el propio general de las SS que ordena el bombardeo de la ciudad, amante de la música de Chopin, el que retira el frasco de la iglesia para evitar su destrucción.

El tarro con el corazón de Chopin pasa entonces de mano en mano hasta acabar en las del cardenal polaco. No vuelve a ser depositado en su devastada iglesia hasta octubre de 1945, tras la caída de los nazis y en medio de la celebración patriótica, pues es el principal símbolo del nacionalismo polaco.

Pero tras el proceloso peregrinaje del frasco surge una terrible duda: ¿el corazón que encierra sigue siendo verdaderamente el de Chopin?

Algunas autoridades proponen un análisis de ADN; otras, y la familia, se niegan rotundamente. ¿Quién quiere correr el riesgo de descubrir que el corazón que veneran no es el de Chopin, el hijo más sublime de Polonia, el artista más excelso que Polonia ha legado a la Humanidad?

Aunque no lo fuera, no importaría. El corazón de Chopin sigue latiendo en el corazón de todos y cada uno de los polacos, y en el corazón de todos y cada uno de los melómanos.