El caudillo redentorista que arengaba a las masas encumbrado en un pedestal de delirios esconde ahora la cabeza en las profundidades de un búnker hecho a la medida de su ignominia. En él debe sentirse como en el paraíso, pues allí no hay judíos ni gitanos ni homosexuales ni discapacitados ni comunistas ni disidentes. Allí le rodean sus sirvientes, sus asistentes y sus correligionarios nazis más leales.
Quería mandar en el mundo y ya solo manda en el führerbunker. Ya sabe que ha perdido la guerra. Ya sabe que Himmler ha ofrecido a los Aliados la rendición y se siente traicionado. Ya sabe que Berlín ha sido ocupada y que el Ejército Rojo prepara el asalto a la Cancillería del Reich. Ya sabe que a Mussolini le han colgado por las patas los partisanos comunistas y han hecho escarnio con su cadáver, descuartizándolo y arrojándolo entre burlas a una alcantarilla. No quiere correr la misma suerte. Ya sabe que tiene que morir o afrontar las mayores indignidades de aquellos a los que odia y desprecia.
Decide morir, pero duda de las cápsulas de cianuro que le proporciona el médico de las SS y le da una a su perra Blondi, que muere al poco tiempo. Entonces prepara ya su final. Esa misma noche del 29 de abril de 1945 se casa con su amante Eva Braun —¿para qué? ¿para obligarla a suicidarse con él?—. Luego dicta a su secretaria su última voluntad y su testamento y hacia las 4 de la madrugada se retira a dormir. Al día siguiente, 30 de abril, tras el almuerzo, se despide del personal y ocupantes del führerbunker y entra con su reciente esposa en su estudio personal. Se oye un disparo. El ayudante personal de Hitler, Otto Günsche, entra al estudio y encuentra los dos cuerpos sin vida en el sofá. Eva yace con la mueca del cianuro en el rostro. Hitler se ha disparado en la sien derecha con su pistola PPK 7.65, que se encuentra a sus pies. Siguiendo las instrucciones escritas y verbales que el propio Hitler le ha dado, Otto se encarga de que los dos cuerpos sean llevados escaleras arriba y sacados por la salida de emergencia del búnker al jardín de la Cancillería del Reich, donde son quemados con gasolina y finalmente enterrados en el cráter de una bomba rusa que allí había caído recientemente.
Así acaban los delirios de grandeza de los psicópatas. Así concluyen los despropósitos de los dementes. El asesino se suicida. Pero ha causado la muerte de 17 millones de personas y no puede redimirlas con su sola muerte. No puede. No podría aunque resucitara y se volviera a suicidar 17 millones de veces seguidas.
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