jueves, 21 de agosto de 2025

Muerte de Gengis Kan

Bendito año de 1227. Por fin la Parca se lleva a sus reinos a Temuyín, su ejecutor más eficiente, causante de la muerte de 40 millones de seres humanos, de los que nos descartó ni a ancianos ni a mujeres ni a niños.

El autoproclamado Gengis Kan, Rey del Orbe, pretendió unificar toda la tierra bajo su mandato y en ese empeño megalómano fue arrasando campos y asaltando ciudades campaña militar tras campaña militar hasta adueñarse de un inmenso imperio, el más extenso que la historia ha conocido; un imperio, eso sí, conquistado sin piedad a fuego y sangre, construido mediante la destrucción, fundamentado en la masacre. Para segar la vida de 40 millones de personas nada como la guerra.

Ahora el guerrero descansa en paz. O eso pretende. Para que nadie turbe su reposo, para que nadie profane su tumba, dejó decretado que el lugar de su enterramiento fuera secreto y dictó órdenes precisas para ello. Una comitiva funeraria de dos mil esclavos, escoltada por mil aguerridos jinetes, traslada el cuerpo desde Xia Occidental, donde Gengis Kan ha muerto de peste bubónica, hasta Mongolia, su patria. Para que no quede vestigio de su paso, los mil despiadados guerreros van aniquilando a todo aquel que tiene la desgracia de cruzarse en su camino, ya sea hombre o mujer, niño o anciano.

Llegados al destino, se inicia la ceremonia fúnebre. 40 caballos y 40 doncellas son sacrificadas para honrar al difunto y enterradas junto a su cadáver. Una vez sellado el sepulcro y celebradas las honras fúnebres, la escolta de mil guerreros cumple su cometido, que es aniquilar a todos los asistentes a la ceremonia, desde los constructores de la necrópolis hasta los enterradores, sacerdotes y dignatarios asistentes, junto a los dos mil esclavos de la comitiva. Así nadie podrá desvelar el emplazamiento de la tumba. Solo ellos. 

Pero ellos tienen órdenes muy precisas y han sido escogidos por su lealtad inquebrantable. Galopan con sus mil caballos por toda el área durante lo que queda del día y toda la noche hasta el amanecer para apelmazar la tierra y que no quede ni el más mínimo vestigio de la tumba. Luego se alejan cabalgando durante otro día entero hasta hallar un bosquecillo que parece un oasis en medio de la estepa y al anochecer se internan en él y se inmolan en grupo, llevándose con ellos el secreto del enterramiento.

Hicieron bien su trabajo. Ni los profanadores de tumbas que anhelan los tesoros del ajuar funerario ni los historiadores y arqueólogos que buscan la fama científica han logrado dar con el cadáver del más cruel y mayor proveedor de cadáveres de toda la historia de la Humanidad. O Inhumanidad.

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