Bendito año de 1227. Por fin la Parca se lleva a sus reinos a Temuyín, su ejecutor más eficiente, causante de la muerte de 40 millones de seres humanos, de los que nos descartó ni a ancianos ni a mujeres ni a niños.
El autoproclamado Gengis Kan, Rey
del Orbe, pretendió unificar toda la tierra bajo su mandato y en ese empeño
megalómano fue arrasando campos y asaltando ciudades campaña militar tras
campaña militar hasta adueñarse de un inmenso imperio, el más extenso que la historia
ha conocido; un imperio, eso sí, conquistado sin piedad a fuego y sangre,
construido mediante la destrucción, fundamentado en la masacre. Para segar la
vida de 40 millones de personas nada como la guerra.
Ahora el guerrero descansa en
paz. O eso pretende. Para que nadie turbe su reposo, para que nadie profane su
tumba, dejó decretado que el lugar de su enterramiento fuera secreto y dictó
órdenes precisas para ello. Una comitiva funeraria de dos mil esclavos,
escoltada por mil aguerridos jinetes, traslada el cuerpo desde Xia Occidental,
donde Gengis Kan ha muerto de peste bubónica, hasta Mongolia, su patria. Para
que no quede vestigio de su paso, los mil despiadados guerreros van aniquilando
a todo aquel que tiene la desgracia de cruzarse en su camino, ya sea hombre o
mujer, niño o anciano.
Llegados al destino, se inicia la ceremonia fúnebre. 40 caballos y 40 doncellas son sacrificadas para honrar al difunto y enterradas junto a su cadáver. Una vez sellado el sepulcro y celebradas las honras fúnebres, la escolta de mil guerreros cumple su cometido, que es aniquilar a todos los asistentes a la ceremonia, desde los constructores de la necrópolis hasta los enterradores, sacerdotes y dignatarios asistentes, junto a los dos mil esclavos de la comitiva. Así nadie podrá desvelar el emplazamiento de la tumba. Solo ellos.
Pero ellos tienen órdenes muy precisas y han sido escogidos
por su lealtad inquebrantable. Galopan con sus mil caballos por toda el área durante
lo que queda del día y toda la noche hasta el amanecer para apelmazar la tierra
y que no quede ni el más mínimo vestigio de la tumba. Luego se alejan
cabalgando durante otro día entero hasta hallar un bosquecillo que parece un
oasis en medio de la estepa y al anochecer se internan en él y se inmolan en
grupo, llevándose con ellos el secreto del enterramiento.
Hicieron bien su trabajo. Ni los profanadores de tumbas que anhelan los tesoros del ajuar funerario ni los historiadores y arqueólogos que buscan la fama científica han logrado dar con el cadáver del más cruel y mayor proveedor de cadáveres de toda la historia de la Humanidad. O Inhumanidad.
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