El poeta
vive en las palabras
y con
palabras acepta la muerte.
Sabe que
decir “Te quiero”
es la forma
más sencilla de amar;
y tragarse
las palabras de odio,
el más
generoso modo de perdón.
Palabra a
palabra se yergue
su columna
vertebral.
Si a un
poeta le quitas las palabras
se desploma
como si no tuviera huesos.
Ante una
palabra reveladora
el poeta se
queda embelesado,
absorto,
temblando de emoción.
La inhala y
la diluye en su sangre
y la integra
en el magma de su alma;
y esa
palabra, junto con otras, es parte de sí,
es él,
porque él es un ser de palabras.
Si pudierais
ver todas las palabras
que le corren
a un poeta por las venas,
diríais: “¿Es
esto sangre
o es un
océano rojo de verbo?”
Como pez en
el agua está el poeta
entre sus
palabras.
Coge, por
ejemplo, la palabra “bruma”
y se la pone
en los labios y la besa
y se la
lleva al paladar y la degusta
y el corazón
le brinca de contento.
Como un
cabritillo
trisca entre
las palabras el poeta.
Pero el
poeta verdadero no escupe
de su boca
las palabras amargas
que le
escuecen.
La poesía no
es un juego
del que uno
se retira cuando pierde.
Es una expresión
excelsa de la vida
y si la vida
se manifiesta
en toda su
crudeza
hay que
tragarse y digerir
todas esas
palabras aciagas
que se nos
pegan al ser
y también
somos.
Y mientras
otros, que no son poetas,
pervierten
las palabras
y las usan
para enmascarar el mundo,
el poeta,
que no tiene más que un rostro,
desvela con
ellas su mundo
sin engañar
a nadie.
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