La primera vez que me peleé en el internado fue porque Luisito, La Escabadora, que era un chinche, como yo era pecoso, me dijo que me habían cagado las moscas; y yo le repliqué que a él parecía que le había parido una comadreja, de los dientazos tan grandes que tenía. Entonces me arreó un guantazo y yo le solté dos sopapos y el acometió con tres patadas y yo me fui a darle un cabezazo en las narices y en ese momento entró el padre Gerardo por la puerta y dijo: “¡Quietos ahí!” Y tras fulminarnos con la mirada, esbozó una sonrisa aviesa: “¿Qué? Que os gusta pelearos, ¿verdad? Vale, venga, pues vamos a ello”.
Nos puso al uno frente al otro, como en un duelo del oeste, pero que nos llegábamos con las manos, y nos dijo: “Venga. Os vais a pegar tortazos por turnos a mi orden. Empieza tú”. Y yo le di a Luis un tortazo que era más bien una carantoña, con lo que el fraile me arreó a mí un guantazo sin guante que de caricia no tenía nada. “¡A ver si voy a tener que enseñaros yo cómo se hace! Cuando estabais los dos solos parecía que sí que sabíais. Ahora tú”. Y Luisito me dio un guantazo un poco más fuerte que el que yo le había dado a él, pero que tampoco hacía gran daño, así que el padre Gerardo le arreó un estacazo más fuerte que el que me había dado a mí y a Luis se le vidriaron los ojos, pero no se echó a llorar porque era corajudo, el tío. “Te toca”, me dijo. Y entonces yo, que ya veía por qué página iba la lección, sí que le arreé un buen guantazo, para evitarme el del fraile, como así fue. “Tu turno, majo”, le dijo a Luisito, y Luisito se volvió Luisote, porque era más grande y más burro que yo, y me propinó un zambombazo pistonudo. Así que llegado mi turno le correspondí con igual entusiasmo, que a su vez incrementó el suyo. Y así nos tuvo el fraile, guantazo va del uno y guantazo viene del otro, como si fuera un rosario, hasta completar un misterio, es decir, un padrenuestro y diez avemarías. Menos mal que al quinto nos hizo cambiar el lado de la cara para compensar la rojez y la hinchazón. Acabamos calentitos, tanto de mofletes como de carrillos y orejas, y con la quijada un tanto trastabillada. “¿Qué? ¿Tenéis más ganas de pelea o ya se os han acabao?” Con las orejas gachas y mohínos: “No, no, no…, ya se nos han acabao”, dijimos los dos de mutuo acuerdo. “Pues, hala, castigados sin cenar. A rezar a la capilla durante la hora de la cena”.
Y allá que nos llevó con él y con él rezamos enterita la corona de la Virgen de los Siete Dolores, de la que el padre Gerardo era cofrade, y que, como todos los buenos devotos saben, consta de 7 dolores, empezando por la profecía de Simeón y terminando por el entierro de Jesús, y por cada dolor hay que rezar un padrenuestro y 7 avemarías, o sea, 7 padrenuestros y 49 avemarías; y se remata con 3 avemarías de propina en honor a las lágrimas derramadas por Nuestra Santísima Madre. No estuvo mal. A mí rezar sí que me gustaba por aquel entonces y alguna indulgencia ganaríamos con aquella devoción. Total, la cena de los jueves no valía gran cosa. Solía consistir en una sopa intragable que disimuladamente echábamos en los vasos de aluminio y luego vertíamos por el fregadero sin que los frailes se diesen cuenta, y un segundo plato en el que venían medio huevo cocido, una tira de pimiento rojo de bote, una sardinilla pequeña en aceite, también de lata, a la que de cachondeo llamábamos “tiburón”, y una aceituna sin hueso.
Esa fue la primera y única pelea que tuve en el colegio, porque luego me hice muy devoto y prefería dejarme afrentar antes que recurrir a la violencia. Es una anécdota que hoy en día contamos a medias entre Luis y yo cada vez que quedamos a pegarnos una buena comilona el grupito de amigos de exalumnos de La Saleta y recordamos las trapisondas de unos y otros y las disposiciones del padre Gerardo y la mala leche de Julián, El Uvas, del que otro día os hablaré, porque ese merece enciclopedia aparte.
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