Y
tú que merecerías
que
todos los días
te
escribiesen poesías,
cenas
reproches
todas
las noches
por
cualquier tontería.
Y
se te indigesta
el
mal humor
de
quien te amarga la vida
aunque
te haga el amor
a
su medida,
de
quien no te deja más salida
que
la desolación,
de
quien es un mal nacido
aunque
se crea un señor.
Tú te merecerías
que todos los días
fuesen fiesta de guardar
y pasar
la mañana en el cielo,
la tarde en el mar
y la noche en brazos de un hombre
que susurrase tu nombre
mientras te hace gozar.
Y
tú que merecerías
todos
los días
el
cariño y el respeto
que
no te da ese cateto,
ese
palurdo malhumorado
—¡¿Pero
cómo te ha engañado?!—,
cada
mañana desayunas
alguna
humillación
que
te descorazona el corazón
y
abre simas y lagunas
en
la ternura de tu pasión.
Tú te merecerías
que todos los días
fuesen fiesta de guardar
y pasar
la mañana en el cielo,
la tarde en el mar
y la noche en brazos de un hombre
que susurrase tu nombre
mientras te hace gozar.
Y
tú que merecerías
que
todos los días
te
arrullaran con canciones,
no
escuchas más que gritos,
insultos
y vejaciones
del
que lleva los pantalones,
pero
no es un hombre de verdad,
sino
un cerdo de ciudad
al
que llegará su San Martín
y
entonces podrás, ¡por fin!,
vestirte
como a ti te gusta
y
pintarte los labios de carmín
sin
que venga el otro con la fusta.
Tú te merecerías
que todos los días
fuesen fiesta de guardar
y pasar
la mañana en el cielo,
la tarde en el mar
y la noche en brazos de un hombre
que susurrase tu nombre
mientras te hace gozar.
Y
tú que merecerías
que
todos los días
te
colmasen de abrazos,
te
pasas todas las tardes
pagando
sus fracasos.
¿Por
qué te casarías
con
ese cobarde
que
controla tus pasos
en
vez de darte alas,
que
siempre está de malas,
siempre
poniéndote lazos?
¿Por
qué te casarías
con
quien ensucia tu piso,
con
quien engulle tu guiso
y
no limpia ni su vaso?
¿Alguna
vez te quiso?
Si
así fue ayer,
te
dejó de querer
sin
previo aviso.
Tú te merecerías
que todos los días
fuesen fiesta de guardar
y pasar
la mañana en el cielo,
la tarde en el mar
y la noche en brazos de un hombre
que susurrase tu nombre
mientras te hace gozar.
Y
tú que merecerías
que
todos los días
te
comieran a besos,
¡qué
feliz serías
si
no fuera tan avieso
ese
patán, ese cafre, ese necio
que
te nubla, que te amarga,
que,
aunque tiene un buen cargo,
es
para ti una carga,
ese
bruto que te embarga
el
futuro,
ese
inmaduro
imposible
de sufrir,
que
no tiene dos dedos de frente
y
te avinagra el presente
y
te niega el porvenir.
Tú te merecerías
que todos los días
fuesen fiesta de guardar
y pasar
la mañana en el cielo,
la tarde en el mar
y la noche en brazos de un hombre
que susurrase tu nombre
mientras te hace gozar.
Y
tú que merecerías
recibir
todos los días
amor
a borbotones,
amor
sin condiciones
ni
complicaciones,
te
ves enredada ahora
en
poner la lavadora
con
la muda sudada
de
ese tirano
que
te quiere siempre a mano,
que
te quiere de criada
y
de puta particular,
que
nunca supo amar;
y
aunque te dijo: “Te amo”
para
que acudieras a su reclamo,
ahora
se le ve el plumero
de
que no era amor verdadero
y
ya no te puede engañar.
Tú te merecerías
que todos los días
fuesen fiesta de guardar
y pasar
la mañana en el cielo,
la tarde en el mar
y la noche en brazos de un hombre
que susurrase tu nombre
mientras te hace gozar.
Y
tú que merecerías
todos
los días
que
te regalasen flores,
pides
en silencio auxilio
mientras
purgas sinsabores
en
la cárcel de tu domicilio
y
aguantas el aguacero
mientras
tu carcelero,
que
no sabe quererte,
se
divierte
sin
llevarte a ningún lado,
sin
darse cuenta de la suerte
que
tuvo al conocerte
ni
de que está al borde del abismo
si
le dejas tú varado
en
la playa de su egoísmo.
Tú te merecerías
que todos los días
fuesen fiesta de guardar
y pasar
la mañana en el cielo,
la tarde en el mar
y la noche en brazos de un hombre
que susurrase tu nombre
mientras te hace gozar.
Y
tú que merecerías
tener
al menos cada día
un
par de horas de futuro,
chocas
contra un muro,
el
muro de las lamentaciones,
la
pared de tu cocina.
Por
más que reces oraciones
no
es la virgen tu vecina
ni
parece que esté Dios
claramente
de tu parte.
Pero
deja de aguantarte
y
quítate ya la bata,
libérate
del nudo
de
su corbata,
déjale
desnudo
y
dile adiós
al
que no sabe amarte
ni
tú ya tampoco quieres
porque
es el que te mata
y
no ve cómo te mueres.
Tú te merecerías
que todos los días
fuesen fiesta de guardar
y pasar
la mañana en el cielo,
la tarde en el mar
y la noche en brazos de un hombre
que susurrase tu nombre
mientras te hace gozar.
Tú
te mereces
que
los ríos lleven peces,
que
brillen el sol y la alegría,
y
sonreír cada día
un
millón de veces.
Tú
te mereces
dejar
de sufrir,
asomarte
al mirador
del
porvenir
y
que el amor
ni te hiera ni te mate,
que
enamorarse no sea un disparate
que
amar no suponga morir.
Tú te merecerías
que todos los días
fuesen fiesta de guardar
y pasar
la mañana en el cielo,
la tarde en el mar
y la noche en brazos de un hombre
que susurrase tu nombre
mientras te hace gozar.
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