miércoles, 28 de septiembre de 2011

Microrrelato

El sueño del pintor

El pintor sueña con que su cuadro cobre vida y en pos de ese afán retoca constantemente las figuras para hacerlas parecer más humanas, corrige y corrige en busca de hiperrealismo, se esmera en el detalle hasta lo milimétrico a fin de que el lienzo palpite. Obsesionado por insuflar a su obra ese hálito vital que aún no ha logrado ningún artista, trabaja sin descanso, no hace otra cosa y se le va la vida en ello. Tanto y tanto ha trabajado y tal perfección ha conseguido que uno contempla su obra y la juzga perfecta. Impresiona ver esas figuras que parecen a punto de moverse. A una le falta una décima de segundo para toser, otra va a cambiar de gesto en cualquier instante; la de más al fondo quiere ya desviar de nosotros la mirada. Sin embargo, por más tiempo que contemplamos el cuadro, nada cambia. La escena, perfecta, milimétrica, fotográfica, impecable, está congelada. La realidad es estática y no se altera. No es más que arte. La perfección en el arte, si se quiere; pero no llega a ser la vida. El sueño del artista es imposible: no sabe que él mismo no es más que la figura central de un lienzo titulado “El sueño del pintor”, cuyo autor soñó con que su cuadro cobrase vida y contempla por fin su sueño realizado.

Poema

He soñado que los hombres

aplacaban todos su sed

en la misma gota de agua.

Pero al despertar he visto

que cada uno nos bañamos

en una playa solitaria.

Pensamiento del día


Conozco la cara de muchas personas, pero sólo el corazón de mis amigos.

martes, 7 de diciembre de 2010

Derechos de autor

Licencia Creative Commons
Brinzal por Adrián San Juan Galindo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
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lunes, 29 de noviembre de 2010

Pensamiento del día


No tengas prisa, que todavía no está claro si la vida prefiere a los que buscan o a los que esperan.

miércoles, 21 de enero de 2009

Fotos de Fuentidueña (Segovia) con nieve

Tras la nevada




El puente

El pantano helado


domingo, 18 de enero de 2009

EL TRENECITO

Querida mía:
Algunos, muchos más de los que tú piensas estarán esperando la menor oportunidad para saltar y decir lo que de verdad están pensando. Y no es que ahora hayas cometido ningún desliz, ni soltado algún sapo por esa boquita que Dios te ha dado, o que se te haya olvidado abrocharte el último botón de la camisa para regocijo del personal. Ni siquiera que hayas aparecido fotografiada en una playa caribeña en paños menores, o sin ellos. No.
He de reconocer que la culpa es solamente mía, culpa de mi apocamiento, falta de recursos o falta de arrestos, para saltar de una vez por todas y decir todo lo que quiero.
¿Me entiendes?
Quisiera, agarrado a tu cintura, formar un trenecito por una de esas laderas blancas que ahora tanto proliferan por nuestra geografía hispana. Que en una curva suave y a la izquierda olvidemos hacer bien el paralelo y nos vayamos por la tangente tras un montículo soleado. Que en ese derrapar –bendito momento- acabemos con nuestros huesos descarrilados en el blanquecino elemento. Que en ese revoltijo mis cálidos brazos traten de amortiguar sobre la nieve en polvo males mayores y que, por fin, nos detengamos en una vaguada estraviada de todas las miradas. Que seguidamente mis aviesas manos se afanen en evaluar los daños por todo tu delicado esqueleto. Que ellas mismas mitiguen el sufrimiento de tus doloridos muslos y que, agradecida, recompenses mi intención con una sonrisa hermosa. Que deposites, sobre mis labios un tierno beso que los deje fascinados. Sobrecogerme con el suceso, cogerte de la mano y llevarte a donde tu más desearas. Que esa noche al quedarte a solas con tus sábanas recuerdes el momento y me retengas por un instante en el pensamiento.
Que recibas esta carta y, al repasar sus líneas, digas: Qué bonito. Todo esto debería haber sucedido.

Un beso, cariño mío.

Eduardo