Los servicios secretos del
dictador han localizado la imprenta en que se acababan de editar 10.000
ejemplares de la nueva constitución redactada por un grupo de intelectuales en
la clandestinidad. No se los ha podido identificar, así que es el impresor el
que las va a pagar todas juntas y en solitario.
Los 10.000 ejemplares son
confiscados por la policía política y apilados en la Plaza del Emérito al pie
del poste en el que se ajusticiará al impresor a la caída de la tarde. El
espectáculo será magnífico cuando todos esos libros ardan y las llamas se
fusionen con los colores del crepúsculo. Lo único desagradable será entonces el
olor a carne quemada.
Cae la tarde. En un extremo de la
plaza se alza el pedestal desde el que el dictador presidirá la ejecución; en
el otro, un cordón delimita el espacio asignado a los espectadores. En el
centro, el poste de ejecución con la pila de libros alrededor, pila que en
breve se hará pira. El pueblo espera impaciente a que comience el espectáculo
terrible de un hombre ardiendo en la hoguera en pena por su delito de alta
traición al Pueblo y a la Nación. Primero el reo habrá de ser conducido hasta
el poste y atado a él. Después aparecerá en su estrado el Líder Luminoso y dará
la orden de ejecución. Entonces el verdugo prenderá la antorcha y la arrojará a
los libros.
Se está poniendo el sol. Aparece la
primera sombra de la noche. Desde los soportales los soldados conducen hasta el
poste al reo, irreconocible, encapuchado y desnudo. Allí le amarran. El gentío
mira al estrado. Todavía no ha comparecido el Generoso Padre de la Patria.
Comparece ahora. Pero, ¡ojo!,
algo ocurre: no va engalanado con el vistoso uniforme de Capitán General de los
Gloriosos Ejércitos. Aun así, desde la tribuna hace el gesto oportuno y el
verdugo inicia la ejecución. Le ha quitado la capucha al reo. ¡Oh, sorpresa!:
ese rostro es el más conocido del País, un rostro venerado por decreto. La
gente no entiende. ¿Quién señorea, pues, en el estrado?
Pero el verdugo ha prendido ya la
pira y el gentío atiende solo a la contemplación de la terrible escena en que
un hombre se retuerce y se derrite hasta desaparecer tragado por las llamas.
¡Qué bien arde la Constitución! El populacho ruge, chilla, brama mezclando el
alarido de pavor con el grito de placer en una mezcla extraña de piedad y
sadismo. ¡Qué más da quién arda! Toda la carne quemada huele igual.
Mientras la hoguera de libros se
consume y consume a su reo, un rumor se extiende entre los congregados y el
populacho empieza a comprender. Ha habido un golpe de mano a última hora y el
dictador ha sido depuesto y ha ido a parar a la hoguera. El líder de los
constitucionalistas se yergue triunfal en el estrado. La constitución está
ardiendo para quemar al dictador, que ya no será para la Historia el Salvador
de la Patria, sino un vulgar tirano.
¿Se abre, pues, un periodo de
esperanza para el pueblo?
Mal augurio para el pueblo que un
régimen, cualquiera, se inicie con una ejecución.
No hay comentarios:
Publicar un comentario