sábado, 6 de diciembre de 2025

CONSTITUCIÓN

 

Los servicios secretos del dictador han localizado la imprenta en que se acababan de editar 10.000 ejemplares de la nueva constitución redactada por un grupo de intelectuales en la clandestinidad. No se los ha podido identificar, así que es el impresor el que las va a pagar todas juntas y en solitario.

Los 10.000 ejemplares son confiscados por la policía política y apilados en la Plaza del Emérito al pie del poste en el que se ajusticiará al impresor a la caída de la tarde. El espectáculo será magnífico cuando todos esos libros ardan y las llamas se fusionen con los colores del crepúsculo. Lo único desagradable será entonces el olor a carne quemada.

Cae la tarde. En un extremo de la plaza se alza el pedestal desde el que el dictador presidirá la ejecución; en el otro, un cordón delimita el espacio asignado a los espectadores. En el centro, el poste de ejecución con la pila de libros alrededor, pila que en breve se hará pira. El pueblo espera impaciente a que comience el espectáculo terrible de un hombre ardiendo en la hoguera en pena por su delito de alta traición al Pueblo y a la Nación. Primero el reo habrá de ser conducido hasta el poste y atado a él. Después aparecerá en su estrado el Líder Luminoso y dará la orden de ejecución. Entonces el verdugo prenderá la antorcha y la arrojará a los libros.

Se está poniendo el sol. Aparece la primera sombra de la noche. Desde los soportales los soldados conducen hasta el poste al reo, irreconocible, encapuchado y desnudo. Allí le amarran. El gentío mira al estrado. Todavía no ha comparecido el Generoso Padre de la Patria.

Comparece ahora. Pero, ¡ojo!, algo ocurre: no va engalanado con el vistoso uniforme de Capitán General de los Gloriosos Ejércitos. Aun así, desde la tribuna hace el gesto oportuno y el verdugo inicia la ejecución. Le ha quitado la capucha al reo. ¡Oh, sorpresa!: ese rostro es el más conocido del País, un rostro venerado por decreto. La gente no entiende. ¿Quién señorea, pues, en el estrado?

Pero el verdugo ha prendido ya la pira y el gentío atiende solo a la contemplación de la terrible escena en que un hombre se retuerce y se derrite hasta desaparecer tragado por las llamas. ¡Qué bien arde la Constitución! El populacho ruge, chilla, brama mezclando el alarido de pavor con el grito de placer en una mezcla extraña de piedad y sadismo. ¡Qué más da quién arda! Toda la carne quemada huele igual.

Mientras la hoguera de libros se consume y consume a su reo, un rumor se extiende entre los congregados y el populacho empieza a comprender. Ha habido un golpe de mano a última hora y el dictador ha sido depuesto y ha ido a parar a la hoguera. El líder de los constitucionalistas se yergue triunfal en el estrado. La constitución está ardiendo para quemar al dictador, que ya no será para la Historia el Salvador de la Patria, sino un vulgar tirano.

¿Se abre, pues, un periodo de esperanza para el pueblo?

Mal augurio para el pueblo que un régimen, cualquiera, se inicie con una ejecución.

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