domingo, 1 de junio de 2014

El rescate




Vinieron a verme sus discípulos por la noche y en secreto para pedirme que le dejara escapar simulando que había sido una fuga. Quisieron sobornarme ofreciéndome cuanto tenían, que era poco más que nada, pues no son más que cuatro costrosos que, para colmo, lo dejaron todo para seguirle. Les rechacé de plano y les mandé con viento fresco bajo la amenaza de que si volvían a molestarme les crucificaría también a ellos. Así que, aunque lo intentaron, no pudieron hacer nada por el que llamaban su “maestro”.

Luego, ya tarde, mientras agonizaba y el cielo se oscurecía y temblaba el monte, me enteré de quién era su padre. Lástima no haberlo sabido antes, porque entonces sí que hubiera podido pedir por él un buen rescate: nada más y nada menos que el Paraíso.

domingo, 25 de mayo de 2014

Máquinas


Una máquina me da de comer, otra me ayuda a respirar, otra acompasa mi ritmo cardiaco, otra limpia mi sangre, otra elimina mis detritos.

Mis hijos vienen cada día, las revisan, las limpian, las ajustan, las programan, hablan con ellas…

Por mí ya ni preguntan.

domingo, 18 de mayo de 2014

La rata


Todo mi empeño es enseñar a hablar a la rata. Ya he conseguido que me entienda y sabe perfectamente cuándo la digo “Ven” y cuándo la digo “Vete”, o “Come” y “Eso no, que es para mí”. Pero yo quiero algo más porque su compañía, que es un consuelo, no es completa sin la satisfacción del lenguaje. Aunque me escucha atentamente y se conmueve con mis historias, me gustaría no solo contarle yo cosas, sino que también ella me contase a mí sus emociones, sus sentimientos, sus ideas; y poder tener conversaciones de tú a tú sobre temas profundos como si cree en Dios o qué piensa del progreso científico y tecnológico ahora que hemos visto al fin sus resultados; o a quién considera responsable último de esta catástrofe que nos ha dejado a ella y a mí solos, huérfanos, desamparados, únicos vertebrados vivos sobre la corteza terrestre.

domingo, 11 de mayo de 2014

El cuchillo


Era yo el cuchillo más antiguo de la casa. Yo rebané el pan y corté el jamón y el queso en la merendilla de inauguración del piso cuando eran una parejita encantadora y muy enamorada. Me usaban para todo: era yo el que picaba la verdura, yo el que troceaba el pollo, yo el que pelaba la piña, yo el que partía en porciones la tarta de cumpleaños. Con el tiempo tuvieron hijos y pasé también a preparar los bocatas de los niños, a untar la nocilla en el pan, a rebanar el bizcocho del desayuno. Era yo, sí, el preferido tanto del señor como de la señora y disputaban por mí cuando coincidían en la cocina porque yo era el que mejor cortaba. ¡Yo era el que partía el bacalao, qué narices!

¡Anda que no habrá llorado veces conmigo la señora picando cebolla para hacer su suculento pisto manchego o sus riquísimos sofritos! También ahora está llorando, pero no me da ninguna pena, no la tengo ni pizca de lástima porque es una traidora y no me ha elegido a mí para esta importante tarea, sino al otro, al nuevo, al advenedizo, al que compró hace pocos días en secreto y en secreto escondió en el último cajón de la cocina, ese malnacido que acaba de usurpar mi trono, ese bastardo al que contemplo con rabia, con despecho, con envidia clavado hasta las cachas en el pecho del señor.

domingo, 4 de mayo de 2014

La palabra



Al niño acaban de regalarle una libreta y un lápiz. Escribe en una hoja la palabra “pájaro” y, en la ingenuidad de su infancia, la arranca y la arroja al aire. Como esperaba, la hoja echa a volar.

En otra hoja escribe la palabra “pez” y la tira al río. La hoja se sumerge y se aleja nadando a favor de la corriente. Otra vez se han cumplido sus expectativas.

Convencido de que la escritura configura la realidad, sigue llenando hojas y no para desde entonces, solo que ya no son palabras aisladas, sino versos, frases, párrafos, capítulos. Escribe, escribe, escribe, no se cansa, no puede cansarse, porque el mundo todavía no es perfecto y hay que estar continuamente escribiendo, reconfigurándole para que no se vuelva un disparate.

Hoy el niño sigue siendo igual de ingenuo, pero es ya un anciano. Mañana viaja a Estocolmo a recoger no sé qué premio.


domingo, 27 de abril de 2014

“El dinosaurio” visto por un científico


Estimado Sr. Augusto:

Recientemente he leído su famoso microrrelato “El dinosaurio” y, como científico, me veo en la necesidad de hacerle algunas consideraciones. Cuando dice usted “Cuando despertó”, creo que debemos entender que se refiere a un ser humano, es decir, a un homo sapiens sapiens. Pues bien, ¿se da usted cuenta de que los dinosaurios pertenecen a la Era Secundaria y se extinguieron hace 65 millones de años y de que el hombre no apareció sobre la faz de la Tierra hasta el Cuaternario, es decir, hace tan solo 40.000 años, o sea, millones de años después de la extinción de los dinosaurios? Entiendo que en la ficción literaria puedan ustedes, los escritores, tomarse ciertas licencias, pero sin necesidad de atentar contra la Ciencia. Podía usted haber sustituido el dinosaurio, por ejemplo, por un ornitorrinco: el efecto literario hubiese sido IDÉNTICO y no habría cometido usted ninguna incongruencia científica. Su dinosaurio lo único que consigue es confundir a la gente poco avezada en divulgación científica. Eso por no hablar de la escasa concreción de su relato. ¡El dinosaurio! ¿Qué dinosaurio? ¿Sabía usted que existieron cientos de especies de dinosaurios, muy diferentes unas de otras en cuanto a tamaño, anatomía, alimentación, hábitat, etc., etc., etc.? Le recomiendo que en el futuro se informe usted convenientemente antes de escribir sus microrrelatos, pues creo que se puede hacer buena literatura sin caer en el despropósito.

Atentamente, Prof. Cotarelo Escamillas, de la Universidad Paleontológica de Perosillo, D.F.




sábado, 19 de abril de 2014

El destierro

Con el talón pisando todavía la última brizna de yerba del paraíso y la puntera hoyando ya la estéril arena del desierto, Adán escucha la atronadora reprensión de un Dios furibundo que no está acostumbrado todavía a ser desobedecido y siente en la espalda el calor asfixiante de la espada de fuego del ángel exterminador. Atrás deja la acogedora fronda del vergel para aventurarse en un horizonte de inhóspitas dunas sucesivas. No sabe cuándo será la próxima vez que beberá agua fresca ni cuál será siquiera su lecho en el atardecer de su desgracia. Pero aún no es consciente de la magnitud de su infortunio, aún no sabe todo lo que supone ser expulsado del paraíso. Lo descubre por completo cuando en su desolación se vuelve hacia su compañera y cómplice y casi no la reconoce: el cabello lacio y canoso, el rostro ajado, los labios resecos, la tez arrugada, la espalda hundida, el vientre prominente, el pecho caído con los pezones humillados mirando al suelo… Y entonces sí, entonces se abate sobre su alma todo el peso demoledor de la desdicha al comprender que arrastra un cuerpo efímero, que el tiempo corre velozmente en su contra, que su destino es sortear el inexorable vaivén de las estaciones sin más recompensa que la decrepitud y sin otro galardón final que la muerte.