domingo, 15 de junio de 2014

El misionero


Yo me hice misionero porque no quería ser un cura de parroquia asistiendo a viejas beatas con pecados veniales. Quería ver mundo y redimir a pueblos enteros, acudir a lugares remotos donde no tuvieran conciencia siquiera de Dios y llevarles la Palabra y la Fe. Cuando me hablaron de aquella tribu salvaje perdida en lo más recóndito de la selva, me pareció estupendo acudir a evangelizarles y redimirles de su atraso y su salvajismo. No me intimidó que fueran caníbales. No lo dudé ni un instante a pesar de la peligrosidad de la misión y la insistencia del Señor Obispo de que me lo pensara dos veces porque podría no regresar jamás.

No he regresado. Llevo ya diez años entre estas gentes. He cumplido mi misión. Los he convertido a la Fe. Soy muy feliz. Y cada vez que viene un legado episcopal a verificar mi tarea hacemos fiesta gorda porque la carne de caucásico tiene un sabor y una textura incomparables.

domingo, 8 de junio de 2014

Viscoso


Cada uno es como es y yo soy viscoso. Esto me ha dado muchos problemas: los niños me tiraban palitos o chapas para ver cómo se me adherían, las mozas no querían bailar conmigo el agarrao porque se quedaban pegadas. Pero yo lo asumía todo con buen talante: peor hubiera sido tener cáncer o ser retrasado. He sufrido, no lo niego, porque el rechazo y la postergación siempre dejan un poso de amargura. Los más me han considerado siempre un paria. Algunos han sido crueles, otros se han compadecido. Muchos, simplemente, me han ignorado.

Sin embargo, ha llegado mi momento. Ahora todos me envidian. Todos, absolutamente todos, me consideran afortunado y a cierra ojos se cambiarían por mí. Porque la epidemia se ha generalizado y es terrible y causa mucho dolor y nadie se libra. Y yo soy el único, ¡el único!, inmune al contagio.


domingo, 1 de junio de 2014

El rescate




Vinieron a verme sus discípulos por la noche y en secreto para pedirme que le dejara escapar simulando que había sido una fuga. Quisieron sobornarme ofreciéndome cuanto tenían, que era poco más que nada, pues no son más que cuatro costrosos que, para colmo, lo dejaron todo para seguirle. Les rechacé de plano y les mandé con viento fresco bajo la amenaza de que si volvían a molestarme les crucificaría también a ellos. Así que, aunque lo intentaron, no pudieron hacer nada por el que llamaban su “maestro”.

Luego, ya tarde, mientras agonizaba y el cielo se oscurecía y temblaba el monte, me enteré de quién era su padre. Lástima no haberlo sabido antes, porque entonces sí que hubiera podido pedir por él un buen rescate: nada más y nada menos que el Paraíso.

domingo, 25 de mayo de 2014

Máquinas


Una máquina me da de comer, otra me ayuda a respirar, otra acompasa mi ritmo cardiaco, otra limpia mi sangre, otra elimina mis detritos.

Mis hijos vienen cada día, las revisan, las limpian, las ajustan, las programan, hablan con ellas…

Por mí ya ni preguntan.

domingo, 18 de mayo de 2014

La rata


Todo mi empeño es enseñar a hablar a la rata. Ya he conseguido que me entienda y sabe perfectamente cuándo la digo “Ven” y cuándo la digo “Vete”, o “Come” y “Eso no, que es para mí”. Pero yo quiero algo más porque su compañía, que es un consuelo, no es completa sin la satisfacción del lenguaje. Aunque me escucha atentamente y se conmueve con mis historias, me gustaría no solo contarle yo cosas, sino que también ella me contase a mí sus emociones, sus sentimientos, sus ideas; y poder tener conversaciones de tú a tú sobre temas profundos como si cree en Dios o qué piensa del progreso científico y tecnológico ahora que hemos visto al fin sus resultados; o a quién considera responsable último de esta catástrofe que nos ha dejado a ella y a mí solos, huérfanos, desamparados, únicos vertebrados vivos sobre la corteza terrestre.

domingo, 11 de mayo de 2014

El cuchillo


Era yo el cuchillo más antiguo de la casa. Yo rebané el pan y corté el jamón y el queso en la merendilla de inauguración del piso cuando eran una parejita encantadora y muy enamorada. Me usaban para todo: era yo el que picaba la verdura, yo el que troceaba el pollo, yo el que pelaba la piña, yo el que partía en porciones la tarta de cumpleaños. Con el tiempo tuvieron hijos y pasé también a preparar los bocatas de los niños, a untar la nocilla en el pan, a rebanar el bizcocho del desayuno. Era yo, sí, el preferido tanto del señor como de la señora y disputaban por mí cuando coincidían en la cocina porque yo era el que mejor cortaba. ¡Yo era el que partía el bacalao, qué narices!

¡Anda que no habrá llorado veces conmigo la señora picando cebolla para hacer su suculento pisto manchego o sus riquísimos sofritos! También ahora está llorando, pero no me da ninguna pena, no la tengo ni pizca de lástima porque es una traidora y no me ha elegido a mí para esta importante tarea, sino al otro, al nuevo, al advenedizo, al que compró hace pocos días en secreto y en secreto escondió en el último cajón de la cocina, ese malnacido que acaba de usurpar mi trono, ese bastardo al que contemplo con rabia, con despecho, con envidia clavado hasta las cachas en el pecho del señor.

domingo, 4 de mayo de 2014

La palabra



Al niño acaban de regalarle una libreta y un lápiz. Escribe en una hoja la palabra “pájaro” y, en la ingenuidad de su infancia, la arranca y la arroja al aire. Como esperaba, la hoja echa a volar.

En otra hoja escribe la palabra “pez” y la tira al río. La hoja se sumerge y se aleja nadando a favor de la corriente. Otra vez se han cumplido sus expectativas.

Convencido de que la escritura configura la realidad, sigue llenando hojas y no para desde entonces, solo que ya no son palabras aisladas, sino versos, frases, párrafos, capítulos. Escribe, escribe, escribe, no se cansa, no puede cansarse, porque el mundo todavía no es perfecto y hay que estar continuamente escribiendo, reconfigurándole para que no se vuelva un disparate.

Hoy el niño sigue siendo igual de ingenuo, pero es ya un anciano. Mañana viaja a Estocolmo a recoger no sé qué premio.