El discípulo le pidió
al maestro:
—Maestro, enséñeme todo
lo que hay que saber para ser feliz.
El maestro dudó un
instante y le contestó:
—No puedo. Yo mismo no
soy totalmente feliz.
—¿Debo entonces buscar
a un hombre completamente feliz?
—Aunque encontrases a
alguien que fuese totalmente feliz, lo cual no es nada sencillo, no creo que
pudiera enseñarte a ser feliz a su manera. Aunque vivieras exactamente como él,
eso no te garantizaría que pudieras ser feliz como él, pues tu corazón no es el
suyo. El pastor que es feliz como pastor no puede enseñarte a ser feliz como
pastor si a ti no te gusta el ganado.
—¿Debo entonces
renunciar a la felicidad?
—Eso sería lo peor que
podrías hacer, pues la existencia del ser humano se justifica en la persecución
de la felicidad, incluso si es inalcanzable. El pájaro canta todas las mañanas
en la rama; y si una mañana desafina, no por eso deja de cantar a la mañana
siguiente.
—Entonces —concluyó el
discípulo— yo cantaré todas las mañanas. Solo le pido al universo que cada
mañana tenga una rama para mí.