domingo, 20 de julio de 2014

La fianza


Nunca ha querido usted fiarme, Mr. Hitch. Jamás. Mire que le he suplicado a veces; no por mí, que me da casi igual comer que no comer; por mis hijos: por mi pequeño John, por mi dulce Mary, por mi tierna Ruth. ¡Cómo lloré un día viéndoles mirar los caramelos desde el escaparate y lamer el cristal! Ni un puñadito de golosinas ha querido usted fiarme nunca, Mr. Hitch. Mire que yo le decía Tenga usted fe, Mr. Hitch, como yo la tengo: acabaré encontrando oro, mucho oro, y le pagaré todo lo fiado al doble de su valor; pero usted nunca tuvo fe en mí, Mr. Hitch, y me replicaba Nunca encontrarás oro, Phill, porque en cada campamento hay siempre un perdedor y tú eres el de éste. Pero he encontrado oro, Mr. Hitch, mucho oro. ¿Ve usted como al final he dado con la veta buena? He encontrado tanto oro que he podido comprarle al contado este precioso revolver con las cachas de marfil que es el más caro de su establecimiento; y ni siquiera le he pedido que me descuente esa bala, Mr. Hitch; esa bala que no es mía, sino suya, Mr. Hitch, suya para siempre, suya y solo suya, Mr. Hitch, porque está en el centro de su frente.

domingo, 13 de julio de 2014

El homínido


El homínido mira a la hembra y nota que le gusta mucho. La hembra también le mira a él de vez en cuando, siempre a hurtadillas porque pertenece al jefe. El homínido comprende que si quiere a la hembra tendrá que matar al jefe en algún momento; a traición, por supuesto, porque el jefe es más fuerte y más feroz que él. Como no es más que un homínido, todavía no ha desarrollado suficientemente su conciencia moral  y no siente ninguna repugnancia ante ideas tales como la traición o el asesinato. Así que anda siempre al acecho y un día, durante una partida de caza, al paso por un escarpado desfiladero, empuja disimuladamente al jefe y le despeña. El cadáver no puede ser recuperado. De regreso a la caverna, ella hace que llora con los ojos, pero sonríe con el corazón mientras él la abraza y hace como que la consuela cuando en verdad la acaricia. Esa misma noche yacen justos y la posee y luego se queda plácidamente dormido. Pero cerca del alba se despierta sobresaltado, aterrado, sudoroso y sin comprender: el jefe ha venido a vengarse, ha visto su fiero rostro ante él, ha sentido su aliento. Ella, a la que ha despertado con sus gritos de pánico, le acaricia, le tranquiliza, le susurra que vuelva a dormirse. Él lo intenta, pero no lo consigue porque ya es un hombre. Aunque no lo sabe, esa noche ha dado un paso de gigante en la evolución humana y ya es capaz de sentir el ácido escozor del remordimiento.

miércoles, 9 de julio de 2014

Progresión


En la pared del fondo había una puerta. La abrí y pasé a la antesala. Allí me entretuve un rato jugando con peluches y tentetiesos. Luego me dirigí a la pared del fondo, donde había una puerta. La abrí y pasé a la antesala. Allí me entretuve un rato leyendo tebeos y coleccionando cromos, pero al cabo me cansé y me dirigí a la pared del fondo, donde había una puerta. La abrí y pasé a la antesala. Allí me entretuve escuchando los discos de mis cantautores favoritos, leyendo poesía y escribiendo versos de corazón quebrado. Al cabo de un rato me dirigí a la pared del fondo, donde había una puerta. La abrí y pasé a la antesala. Durante la nueva espera me enamoré y gocé de las delicias de la ternura y el arrebato, pero al cabo me dirigí al fondo de la estancia, donde había una puerta. La abrí y pasé a la antesala. Allí concebí numerosos proyectos, emborroné unos cuantos borradores de obras maestras y perdí algunos amigos. A la postre me dirigí a la pared del fondo, donde había una puerta. La abrí y pasé a la antesala. Allí empecé a sentirme algo cansado del trajín, pero me entretuve en cavilaciones de orden metafísico y enredado en recuerdos y nostalgias que parecían ser ya más importantes que los propios proyectos y expectativas. Cuando salí de mi embeleso, me dirigí a la pared del fondo, donde había una puerta. La abrí y pasé a la antesala. Noté algo de frío. Me entretuve en hacer balance de mi itinerario y acabé concluyendo que había recogido muchos palos pero no había atado ninguna escoba. Ahora la pared del fondo me parecía que estaba más cerca y, sin embargo, me movía con dificultad y torpeza y me costó llegar hasta la puerta. La abrí y pasé a la antesala. ¿Qué antesala ni qué niño muerto si, a pesar de la penumbra, puedo apreciar claramente que en la pared del fondo no se abre ninguna puerta? Me doy la vuelta entonces y quiero regresar por donde he venido. Para mi sorpresa y desconcierto, tampoco hay puerta ya en la pared por la que he entrado.

domingo, 29 de junio de 2014

La lámpara maravillosa


En un mercadillo de Bagdag descubrió una lámpara de aceite roñosa que compró por cuatro perras (o dinares)  y se la trajo como recuerdo para Madrid. Ya de vuelta, compró en L&M un líquido especial y la limpió a conciencia hasta dejarla reluciente. Quedaba muy bonita sobre el taquillón del dormitorio.

Una noche terrible de desolación, desesperanza e insomnio, encendió el aplique de la cabecera de la cama, la vio brillar entre los libros que ya había renunciado a leer  y concibió una última esperanza. La tomó entre ambas manos y comenzó a frotarla con verdadera avidez. La lámpara empezó a refulgir, a calentarse y a echar  un humo negrísimo por la boca. Al cabo salió el genio.

Pero no dijo: “Oír es obedecer. Tus deseos son órdenes para mí. Pide lo que deseas y te será concedido.”

No. Se mesó la perilla, agitó el rabo, se acarició la cornamenta y con un aliento que apestaba a azufre y una sonrisa maliciosa le espetó: “Bienvenido al infierno.”

domingo, 22 de junio de 2014

El espejo rococó


Desde el primer momento le fascinó aquel espejo rococó que descubrió por causalidad en el rastrillo de antigüedades. Le compró sin regatear y se le llevó a casa. Le instaló sobre el lavabo para usarle a diario: tanto le gustaba. Por lo general, funcionaba bastante bien, solo le fallaba el mecanismo a la hora de afeitarse, pues él se afeitaba con cuchilla y, sin embargo, se reflejaba afeitándose a navaja. No se alarmó por este pequeño desajuste, pues comprendía que en aquella época la técnica no estaba tan desarrollada como en la actualidad y era comprensible que estos aparatejos antiguos no funcionasen con tanta precisión como los modernos. Decidió solucionarlo de la forma más sencilla: afeitándose a navaja.

Pero el espejo debía de estar bastante estropeadillo porque la primera vez que se afeitó se reflejó en él un rostro que no era el suyo y que sonreía con mirada aviesa mientras él, con su propia mano, pero guiada por una voluntad que no era la suya, se cercenaba con determinación y parsimonia el cuello.

domingo, 15 de junio de 2014

El misionero


Yo me hice misionero porque no quería ser un cura de parroquia asistiendo a viejas beatas con pecados veniales. Quería ver mundo y redimir a pueblos enteros, acudir a lugares remotos donde no tuvieran conciencia siquiera de Dios y llevarles la Palabra y la Fe. Cuando me hablaron de aquella tribu salvaje perdida en lo más recóndito de la selva, me pareció estupendo acudir a evangelizarles y redimirles de su atraso y su salvajismo. No me intimidó que fueran caníbales. No lo dudé ni un instante a pesar de la peligrosidad de la misión y la insistencia del Señor Obispo de que me lo pensara dos veces porque podría no regresar jamás.

No he regresado. Llevo ya diez años entre estas gentes. He cumplido mi misión. Los he convertido a la Fe. Soy muy feliz. Y cada vez que viene un legado episcopal a verificar mi tarea hacemos fiesta gorda porque la carne de caucásico tiene un sabor y una textura incomparables.

domingo, 8 de junio de 2014

Viscoso


Cada uno es como es y yo soy viscoso. Esto me ha dado muchos problemas: los niños me tiraban palitos o chapas para ver cómo se me adherían, las mozas no querían bailar conmigo el agarrao porque se quedaban pegadas. Pero yo lo asumía todo con buen talante: peor hubiera sido tener cáncer o ser retrasado. He sufrido, no lo niego, porque el rechazo y la postergación siempre dejan un poso de amargura. Los más me han considerado siempre un paria. Algunos han sido crueles, otros se han compadecido. Muchos, simplemente, me han ignorado.

Sin embargo, ha llegado mi momento. Ahora todos me envidian. Todos, absolutamente todos, me consideran afortunado y a cierra ojos se cambiarían por mí. Porque la epidemia se ha generalizado y es terrible y causa mucho dolor y nadie se libra. Y yo soy el único, ¡el único!, inmune al contagio.