sábado, 11 de enero de 2025

Besos

 


No rechazaré el manjar

de tu boca azucarada:

te daré más de mil besos

y serás la más besada.


En tus labios florecidos,

cuajados de mermelada,

posaré mi seca boca

hasta que quede anegada.


No rechazaré la miel

que de tus labios rezuma:

¡tantos besos te daré

que te subiré a la luna!


En tu boca de melaza,

de chocolate y de trufa

saciaré mi sed de amor

y mi hambre de ternura.

Rotunda rotonda

La culpa la ha tenido el navegador. Yo solo quería ir a cenar a Casa Aparicio con Jose y Eduardo, y creo que hubiera sabido el camino, pero no me atrevía porque mi coche es viejo y no puede pasar por la Zona de Bajas Emisiones.

Así que puse el maldito navegador, que me ha llevado por barrios infectos y polígonos industriales tercermundistas hasta desembocar en esta inmensa rotonda, en la que he entrado muy bien y muy pronto, porque no circulaba nadie por ella, pero de la que ahora no puedo salir. Y no porque no tenga salidas, que tiene por lo menos ocho o diez, pero he dado ya más de mil vueltas y todas tienen la señal de dirección prohibida. Yo soy muy respetuoso con las normas, y más con las de circulación, que si hay una cosa que me guste menos que nada es tener accidentes, y tampoco me suliveria mucho pagar multas.

Pero claro, cuando ya llevas ochocientas mil ochocientas ocho vueltas a la puñetera rotonda tú mente se desconfigura y concibes disparates y tropelías, así que me he dicho: “¡Me meto por dirección prohibida y que salga el sol por donde salga!” Pero al ir a meterme resulta que venía de frente a toda pastilla el camión de la basura, que me ha pegado un buen bocinazo, así que he tenido que recular a toda prisa para que no me empotrara. Camión de la basura que luego, por cierto, no ha entrado en la rotonda, no sé yo dónde habrá ido.

Lo mismo me ha pasado cuando he intentado salir por otras salidas con dirección prohibida (lo que indica que no son salidas, sino entradas): cuando no venía un autobús de la EMT venía un cuatro ejes o una retroescabadora. Yo creo que la cosa va in crescendo, además, porque la última vez que lo he intentado venía de frente un tren de mercancías, yo no sé cómo, porque raíles sí que no he visto. ¡A ver si lo vuelvo a intentar y se me viene de frente un dragaminas de la Armada o un platillo volante de los extraterrestres! ¡Quita, quita!

Así que he decidido dejar de dar vueltas a lo tonto y pararme en medio de la rotonda. ¡Como no circula nadie por ella, más que yo! He intentado llamar a Jose y Eduardo para decirles que me retraso o para que vengan a rescatarme, pero no hay cobertura. También he pensado dejar el coche aquí tirado e irme a pata. Pero, ¿a dónde, si no sé dónde estoy?

Lo más sensato es que me quede aquí esperando a ver si cae en esta maldita rotonda alguna tonta que sea un poco más lista que yo y entre los dos hacemos el apaño.

domingo, 5 de enero de 2025

SOLO DE AMOR

    
Solo de amor vive el hombre,

solo de amor.


Y al que intente vivir del aire

le faltará la respiración.


Solo de amor vive el hombre,

solo de amor.


Y el que intente vivir del pan

se morirá de inanición.


Solo de amor vive el hombre,

solo de amor.


Y el que intente vivir del agua

perecerá en la inundación.


Solo de amor vive el hombre,

solo de amor.


Y el que intente vivir del fuego

será hollín, ceniza y carbón.


Solo de amor vive el hombre,

solo de amor.

La madre


El hijo entró muy agitado al cementerio preguntando por su madre. Vitines Melero, que estaba renovando las flores de la tumba de su adorada suegra, le señaló el nicho 234. Ante él se plantó el hijo y llamó a su madre con desesperación:

—¡Madre! ¡Madre!

La madre no respondió. Y el hijo comenzó a desgañitarse otra vez, con mayor angustia todavía:

—¡Madre! ¡Madre! ¡Salga usted de ahí!

Y como la madre ni contestaba ni salía, se dio media vuelta y salió él del cementerio a buscar algo en el maletero del coche, que en la misma puerta le había aparcado. Regresó con una maza. Y aunque Vitines Melero le vio las intenciones y trató de detenerle y le dijo: "¡Pero qué vas a hacer, hombre de Dios!", no quiso exponerse a un mazazo en la cabeza y cuando vio que el hijo reventaba la losa con la maza y luego el tabique de rasillas y luego se ponía a tirar del féretro para sacarle del nicho, se fue corriendo a avisar al señor cura, que estaba en la sacristía pispándose el vino sobrante de la misa, que a propósito echaba siempre un chorrillo de más.

El hijo arrastró el féretro él solito hasta sacarle del cementerio, le metió como pudo en el maletero del coche y tiró para casa con él asomando por la trasera y sin poder cerrar el portón, claro. Celestino Colores, que le vio pasar a la altura de la calle Majuelo, se extrañó algo, pero ¡Quiá!, cada uno a lo suyo y yo con lo de otro no me meto.    

El señor cura se limpió precipitadamente las gotas del vinillo consagrado pasándose las mangas de la sotana por los morros, sacó el móvil y avisó a la policía. Vitines Melero se lo fue a contar a la Melera, su mujer, que estaba haciendo la paella, pues era domingo. La Melera dejó inmediatamente la paella a cargo de Vitines, que es un zote para la cocina, y salió disparada a contárselo a su comadre la Castora, prima segunda suya y esposa a su vez de Mariano Castor, alguacil de la localidad. Ese domingo, por supuesto, no se comió paella en casa de los Melero, sino sándwich de jamón y queso. Los mellizos protestaron. La niña chica cogió una rabieta pistonuda. Su padre tuvo que sacar el colorín de la jaula y dejársele acariciar para que se la pasara.

La policía acudió presta al domicilio del hijo, que no se resistió a la autoridad y abrió la puerta a los agentes con la mayor naturalidad del mundo.

—Buenos días. Queremos ver a su madre.

—Pasen, pasen. Mi madre está en el salón.

Y en el salón estaba. El hijo la había sacado del féretro, la había sentado en su sillón habitual y la había puesto al lado un vasito de clarete con un platillo de jamón serrano, que parecía sin tocar.

—Nos la tenemos que llevar de vuelta al cementerio, buen hombre. Aquí ya no pinta nada.

—¡Pero si yo la quiero mucho y la cuido con mimo!

—Eso no se discute, caballero. Pero ella va a estar mucho mejor allí.

—¿Mejor que conmigo? ¡Anda que no la trato yo bien!

—Pero es que ha pasado a mejor vida.

—¿Mejor que la que tiene aquí conmigo?

—¡Mucho mejor, hombre, ¿dónde va a parar?! Ahora puede estar con Dios y con los ángeles.

—¡No me diga! No sé yo, no sé yo… Bueno, lo que ella quiera.

El agente Moreno se vuelve hacia la madre y la pregunta:

—¿Y usted qué dice, señora? ¿A que se viene con nosotros?

Silencio sepulcral.

—No dice nada —apunta el hijo.

—Quien calla otorga, caballero.

—¡Ah, bueno! Siendo así…

El agente Rubio sale al rellano, donde esperan los de la funeraria:

—Adelante, por favor. Operen con delicadeza. Ya está convencido.


sábado, 28 de diciembre de 2024

2024



“¡Que se nos va la Pascua, mozas,
que se nos va la Pascua!”
                                                      Góngora

¡Que se nos va 2024! Este año tan extraño, que nació apenas hace unos meses, el 1 de enero —¡qué casualidad!—, tiene ya los días contados, y hasta las horas.

¿Y qué? ¿Cómo ha ido? ¿Hemos sido este año más espabilados y le hemos sacado más juguillo que al anterior, o hemos sido los mismos zotes de siempre y hemos dejado pasar de largo las ocasiones de disfrutar? Me da a mí que no escarmentamos ni aunque nos aspen.

Pues esto se acaba, señores, y camarón que se duerme la corriente se lo lleva, y año que pasa, año que no regresa; y encima, pesa; porque pesan los años más que los kilos y le caen al cuerpo como pedruscos que le echasen a uno encima; y al alma no digamos, porque al alma le caen como carcomas que le horadasen las ganas.

¿Que las ganas de qué? Pues las ganas de todo, porque la ilusión es una llamita muy endeble que como no la resguardes bien del cierzo en un farolillo se te apaga en un soplo; y el entusiasmo es una brizna de hierba que al momento de nacer se la puede comer cualquier cerdo a poco que hoce.

Así que ojo al parche, a escarmentar en cabeza ajena y propia y a hacerse nuevos y buenos propósitos para el año entrante, Y, sobre todo, a no dejar pasar las oportunidades de gozar que nos ofrezca la vida, porque a buen seguro que ella no nos va a dejar a nosotros que pasemos sin beber los tragos amargos que nos tiene reservados, y no porque sea mala, sino porque así es la vida.

Cada cual sabrá dónde le aprieta el zapato y donde rascarse cuando le pica. Quiero decir que cada cual sabrá —y si no, malo— lo que le gusta y no le gusta y lo que requiere para ser feliz. Yo, que soy austero, con poco me conformo: con un mendrugo de poesía paso la mañana y una carantoña me rellena una tarde. Si además hay buena conversación, miel sobre hojuelas. El buen razonamiento me nutre, la buena explicación me reconforta. Si me esmero, veo el infinito en un junco. Si me lo propongo, diserto con los ángeles.

Aunque no me esmeré nunca en hacerme millonario, cuatro perras que me alcancen para no pasar penurias, sí que las tengo. La salud, tengo más hoy de la que tendré nunca, así que en eso muy optimista no puedo ser, pero ya he hecho algunas prácticas en ser resignado y no se me da nada mal; y es bastante útil, por cierto: mejor resignado que frustrado y amargado. Y del amor, qué deciros. Como no soy soberbio, pienso que tengo más del que merezco y me dan más del que me gano, así que por ahí me siento afortunado. Amigos tampoco me faltan y son de buena calidad: duraderos, resistentes, no sé si de roble o de caoba. Y por dicha caí en buena familia, y numerosa; y otra hice yo con estas manos que Dios me ha dado, que tampoco se la salta un gitano.

Así que creo que tengo suficientes juncos para hacer el cesto de 2025. Lo mismo os deseo. ¡La Providencia nos le llene a todos de dones!  


jueves, 19 de diciembre de 2024

Erato


Estaba yo tan a gusto metidito en mi cama con el pijama de franela y a punto de dormirme cuando desciende sobre mí la musa.

—¡Hala, majo, ahueca, que tienes que escribir un nocturno!

—¿Ahora?

— Sí, sí, ahora mismito, porque como te lo dicte y te duermas, mañana ya no te acuerdas y se pierde.

—¿Y no has podido venir antes, que he estado toda la tarde aburrido y sin hacer nada?

—¡A ver si vas a ser tú el primer listillo que pone horarios a las musas!

—No, no; no era mi intención.

—Pues, hala, parriba, a por papel y lápiz.

—Menos mal que siempre dejo una libretilla y un boli en el cajón de la mesilla, porque te conozco.

—Pues muy bien que haces. Copia:

En la noche de diciembre

terrible y aciaga

mientras tiritan los sin techo

bajo el manto de la escarcha,

me acordé de aquella otra

que pasamos en la playa

entre olas y caricias,

entre besos y palabras,

cuando me dijiste:

“¡No me abandones al alba!",

y al amanecer me fui

por  veredas extrañas.

¡Y ahora lo está pagando

la soledad de mi alma,

que me acuerdo de ti

cuando me voy a la cama,

y cada día al levantarme,

cuando subo la persiana

y miro hacia la calle

con infinita desgana!

—¡Pero esto es todo mentira, señora musa, a mí esto no me ha pasado, yo esto no lo he vivido nunca! No echo de menos a nadie y estoy felizmente casado y mi mujer está aquí mismito en la cama, que bien que se la oye roncar.

—Pero, so cateto, ¿es que no has leído a Pessoa, cuando dice que el poeta es un fingidor?

—Sí, sí; pero Pessoa dice:

O poeta é um fingidor.

Finge tão completamente

que chega a fingir que é dor

a dor que deveras sente.

Pero es que mi caso es al revés, es que yo aquí tengo que fingir un dolor que no es de verdad, sino de mentirijillas.

—¡Pero, bueno, mentecato!, ¿tú con quién te crees que estás hablando? ¿Tú sabes que las musas somos diosas?

—Sí, sí, hombre, por supuesto, que hice en la Complutense un curso de doctorado sobre mitología clásica con el famoso libro de Ruiz de Elvira y me le leí de cabo a rabo.

—¡Pues entonces, cállate, mísero humano, y haz caso a lo que te dice la diosa, que para eso aprobé yo en su día las oposiciones!

—Vale, vale, lo que usted mande, señora diosa.

—Pues mañana este nocturno que te acabo de dictar le quiero ver publicado en tu blog.

—¿Y si no tengo tiempo?

—Si no tienes tiempo, le pides prestado. Como mañana no le vea yo publicado antes de las 23:59, vengo luego a buscarte a la cama en cuanto te hayas quedado dormido, te despierto y te dicto un poema épico sobre el descubrimiento de América en 483 octavas reales, a la manera de La Araucana de don Alonso de Ercilla, y te tengo toda la noche en vela.

—¡Glub! Caliope no lo consienta.

—Caliope es mi prima, atontao.

—Lo publicaré, lo publicaré. ¿Quiere usted que la fría unos torreznillos que me acaban de traer del pueblo?

—No, gracias, majo, que en la cena me he hinchado de néctar y ambrosía y tengo las tripas medio revueltas. No sé yo cómo acabará la cosa. Por cierto, ¿dónde queda el baño?

—Al fondo del pasillo.

—pues pallá que voy.


sábado, 14 de diciembre de 2024

Doña Matílde

Estaba yo tan pancho en mi departamento de Lengua Castellana y Literatura corrigiendo el primer parcial de la 1ª evaluación de 2º de Bachillerato, leyendo meticulosamente las argumentaciones sobre si los castigos ayudan o no ayudan a educar a los niños, y señalando metódicamente todas las faltas de ortografía, encerrando la palabreja mal escrita en un circulillo rojo, cuando llaman intempestivamente a la puerta.

Era doña Matilde. Doña Matilde Diacrítica, Tilde a secas para los amigos. Venía hecha un basilisco.

—¡Hombre, doña Matilde! Pase, pase. ¿Qué la trae por aquí?

—¡Vengo a presentar una reclamación!

—¿Una reclamación? ¿Y eso por qué?

—Porque ya estamos otra vez como todos los cursos, don Adrián. ¡Que los niños no me respetan, leñe! Que me ningunean, que pasan de mí, como dicen ellos, que no me ponen sobre la vocal que me corresponde ni por equivocación. Y me da mucha rabia, narices, porque encima a mi hermana melliza, la otra Matilde, no digo yo que la hagan tampoco mucho caso, pero por lo menos se acuerdan de ponerla de vez en cuando en las esdrújulas y en las agudas acabadas en –ón.

—¿Y qué quiere que yo le haga, doña Matilde?

—¿Pero es que no me explica usted o qué?

—Yo la explico a usted dos o tres veces por semana y con absoluto rigor lingüístico y con claridad meridiana y les cuento lo importante que es usted y que sin usted no podríamos distinguir a algunas palabras homónimas homófonas pero no homógrafas gracias a usted, y que agradecidísimos teníamos que estarla, y les pongo de ejemplo que allá donde voy me preguntan de dónde vengo, y otros mil ejemplos por el estilo que me saco yo de mi magín y con los que yo disfruto muchísimo porque yo a usted la quiero con locura, doña Matilde; yo a usted, doña Matilde, después de a mi santa madre, a mi divina esposa, a mis hermana, a mis tías paternas y maternas y a tres o cuatro amigas que tengo por ahí, es sin lugar a dudas la mujer a la que más quiero. Y no lo digo por decir, doña Matilde, que obras son amores y no buenas razones, y yo a usted la he dedicado horas y horas en esas aulas de Dios a lo largo de mis ya 36 años de profesión docente, y siempre hablando de usted en el mejor tono, con la mayor reverencia y dejando traslucir al alumnado impávido el profundo cariño que la profeso.

—Pero, entonces… ¿es que esos muchachos no tienen vergüenza ninguna?

—Pues yo no sé si tienen o no tienen vergüenza, doña Matilde, porque yo no sé si alguien sabe ya en estos tiempos que corren lo que es la vergüenza ni para qué sirve, si es que sirve para algo, aunque usted y yo sí que la tengamos, desde luego, y a mucha honra. No se lo tome usted a mal, doña Matilde, que no es nada personal. Esos muchachos y esas muchachas a lo mejor sí que tienen vergüenza, pero es que también tienen TikTok, Instagram, Facebook, Youtube y otras mil porquerías que les sorben los sesos, y usted y yo les importamos muy poco. Yo, por ejemplo, solo les importo algo el día que doy las notas. Hasta ese día, como que no existo. Y usted les importa algo también ese mismo día, cuando les entrego corregido el examen y ven que les he descontado de la nota una décima por cada vez que usted no aparece, por ejemplo, en un pronombre o un adverbio interrogativo, ¡fíjese si la aprecio yo a usted!

—No sé, no sé… Yo lo que veo es que a usted se le va la fuerza por la boca diciendo que me explica mucho y que me aprecia mucho, pero no me soluciona nada. ¡jubílese ya, hombre!

—Pues mire, doña Matilde, si me lo dice usted así, tan fresca, la digo que a lo mejor lo hago. Pero usted ándese con mucho cuidado y no se ponga tan exigentona, que a lo mejor a la que la jubilan es a usted, porque como a estos muchachos les dé por lanzar en internet una petición a la RAE para que la eliminen de la ortografía, como ya la quitaron a usted de la palabra solo cuando equivale a solamente, va usted apañada; vamos, que pasa a mejor vida.

—¡No me diga! ¿Eso pueden hacerlo?

—Sí la digo. Eso pueden hacerlo y todo lo que se les ocurra. En cuanto que digan que es usted discriminatoria por hache o por y griega y reúnan cuatro o cinco millones de firmas digitales y salgan a darles la razón dos o tres escritorzuelos tertulianos que quieran ganárselos, tiene usted los minutos contados.

—¡Glub! No lo había pensado.

—Pues hay que pensar más, que por pensar todavía no cobran y a veces hasta pagan. Así que no meta usted mucha bulla, disfrute discretamente de su bien ganado prestigio y del respeto de cuantos la admiramos sinceramente y no se meta con estos chavalejos que parecen inofensivos, pero que si les tocas mucho las narices te echan encima a sus padres y a sus madres, y sus padres algunos son concejales y sus madres algunas son abogadas y apañaos estamos si tenemos que darles audiencia a todos para explicarles por qué tenemos recogida en la programación didáctica de la asignatura que descontamos una décima por cada falta de ortografía, siempre con el límite máximo de dos puntos, claro, para no hacer sangre.

—Pues usted perdone, entonces, don Adrián. Haga como que yo no he venido aquí a protestar esta mañana. ¡Que no se entere nadie, por Dios! Voy a la cafetería a tomar un café a ver si se me pasa el susto. Dejo el suyo pagado, don Adrián.

—¡Vaya con Dios y con Nebrija, doña Matilde!