José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, Marqués de
Estella, Grande de España, primogénito del primer dictador de España, fundador
de la Falange Española y primer fascista de España, es condenado en Madrid a
cinco años de prisión por desacato y
atentado a la autoridad, tras haber insultado y amenazado a los
jueces que lo habían condenado a cinco meses de prisión por tenencia ilícita de armas.
En la noche del 5 al 6 de junio de 1936 se le traslada a la cárcel
provincial de Alicante. Estando allí preso el 18 de julio, fecha del Alzamiento para unos y del golpe de Estado para otros, es juzgado por los delitos de conspiración
y rebelión militar contra el Gobierno de la Segunda República. El jurado,
integrado por 14 miembros, tras 4 horas de deliberación, pronuncia veredicto de
culpabilidad. José Antonio es condenado a muerte.
En la Madrugada del 20 de noviembre, sacan al patio nº 5 a José Antonio y a los “cuatro mártires de Novelda”, dos falangistas y dos carlistas
locales que van a ser fusilados junto a él. José Antonio se acerca a los soldados que van a fusilarle. Quiere convencerlos de que no lo hagan, les dice que no es su
enemigo, aunque la guerra ya ha estallado y él es rebelde y ellos republicanos.
Un soldado le replica: “¡Déjanos en paz! Necesitamos cumplir lo que nos está
ordenado. No sabemos si eres bueno o eres malo. Solo sabemos que tenemos que
obedecer”.
José Antonio cae abatido por las balas refrendando su credo
político con los gritos de “¡Viva España!” y “¡Arriba España!”. El miliciano
Guillermo Toscano, que lleva pistola, es el encargado de darle el tiro de
gracia, con la consiguiente algaraza de los allí presentes, unas 40 personas
entre pelotón de ejecución y espectadores.
El piquete de fusilamiento, al mando del sargento Juan José
González Vázquez, lo componían 14 personas, entre milicianos anarquistas y
comunistas, soldados y policías. 14 fusileros que ejecutaron cada uno hasta 6 descargas
a 3 metros de distancia, es decir, a bocajarro, con su Mauser modelo Oviedo
1916, cuyo alcance eficaz era de 2.000 metros, nada menos. Las cinco víctimas
fueron acribilladas con más de ochenta disparos, recibiendo cada una alrededor
de dieciséis impactos. José Antonio algunos más. Él se lleva la palma. Su cadáver, sin certificado de defunción, es depositado
en un nicho del cementerio de Alicante.
El gobierno de la República da noticia de su muerte, pero en
el bando rebelde Franco la oculta para usarla a su conveniencia y no se la
revela ni a la doliente María Santos Kant, que le escribe una dolorosa misiva pidiéndole
información sobre el paradero de su novio. "El general no sabe nada
directamente relativo a la suerte de dicho señor", es la respuesta mentirosa.
El astuto y malicioso general no difunde la noticia de la
muerte de José Antonio hasta dos años más tarde, el 18 de julio de 1938,
coincidiendo con el doble aniversario del Alzamiento. Entonces le proclama “Mártir
Glorioso de la Cruzada” y basta con su solo nombre, sin apellidos, para
identificarle. Solo hay un José Antonio. Luego, cuando Franco gana la guerra,
habrá muchos. Hay que poner a los recién nacidos nombres patrióticos, aunque
solo sea para evitar problemas con el Régimen. ¿Quién no tiene en la familia un
José Antonio?
En 1939, con la Guerra ya ganada, Franco ordena el traslado
del cuerpo desde el nicho del cementerio de Alicante hasta el cementerio de El Escorial y hace coincidir su comienzo con el 20 de noviembre, tercer aniversario de la
ejecución. El traslado se hace a pie, con el féretro a hombros de comitivas de
falangistas que se turnan día y noche a lo largo de los 500 kilómetros del recorrido. Tras 10 días de viaje, el general Franco recibe el cuerpo
de José Antonio y coloca junto a él las flores que le envían Adolf Hitler y
Benito Mussolini, como corresponde al mayor mártir del fascismo.
En mi niñez el nombre de José Antonio figuraba el primero y
el más grande en la lápida de “Caídos
por Dios y por la Patria” colocada por el Régimen en la pared de todas las
iglesias. Su nombre encabezaba la lista de los muertos de cada pueblo caídos durante
la Guerra Civil, y pertenecientes al bando nacional, claro. Los otros ya tenían
sus fosas comunes y sus cunetas.
Por lo visto, José Antonio había nacido en todos los pueblos
de España y estaba enterrado en todos sus cementerios. Artimañas del
adoctrinamiento. Por él se rezaba en todas las iglesias. José Antonio era
España. Mártir nº 1 de España y modelo e inspiración para todos los patriotas
españoles.
Pero José Antonio ya no está enterrado en todas las iglesias.
Estuvo enterrado durante 64 años en un lugar preeminente dentro de la Basílica del que unos llaman Valle de los Caídos y otros Valle de Cuelgamuros, bajo la Gran Cruz. 64 años nada menos, desde 1959 en que se le trasladó
allí desde el cementerio de El Escorial, hasta 2023, en que, aunque muerto,
tuvo que cumplir a la fuerza la ley, que tanto se le resistió en vida; en este caso la Ley
de Memoria Histórica. Hoy sus restos reposan mucho más tranquilos y discretos en la tumba familiar del
cementerio de San Isidro, en Madrid.
Sigue habiendo españoles, no sé si sigue habiendo patriotas.
Sé que hoy en día muchos españoles no saben ni quién fue José Antonio. Y sé que
en la actualidad entre los españoles hay bastantes más Antoniosjosés que
Joseantonios.
A mí, que no escurro el bulto, como español y a lo mejor como
patriota, me avergüenzan tanto la vida como la muerte de José Antonio. La vida,
porque fue la de un conspirador y un golpista, la de un señorito que aspiraba
al poder sin reparar en métodos. Y la muerte, porque lo fusilaron de mala manera otros que podían
haber sido mejores que él y no lo fueron.
Y en ello se resume nuestra asquerosa guerra civil. Y en su
vida y en su muerte quedan retratados ambos bandos.